La noche de los conciertos sublimes pintaba tal cual, sublime. Wilco en Madrid, Jeff Tweedy y su elegante banda se hicieron de rogar hasta 15 minutos más de la hora prevista para el inicio del concierto, los problemas con el sonido eran palpables y el retumbar y los ecos tampoco quisieron perderse la velada.

Una de las bandas más influyentes del rock contemporáneo, después de su perfecto concierto en el Liceo de Barcelona, desembarcaba con toda su sutileza en el poco idóneo y huérfano Palacio de Vistalegre, que no estuvo a la altura del poderío natural del sexteto de Illinois.

Como si no fuera la cosa y a ritmo de hombre tejano, campechano y afable hizo su aparición Tweedy, acompañado de un sombrero y su ferviente banda. Si no supiéramos nada  de su persona, fácilmente le confundiríamos con el hombre de barra de algún local de carretera a las tres de la mañana después de un día cualquiera. Pero si tu firmas «Ashes of American flags», el tema inaugural del concierto, no eres un tío cualquiera.

El escritor inerte, el hombre que supera las barreras de lo físico para destronar a los malvados virus del mal desarrolla un estilo musical único con una banda que sólo sabe y entiende del feeling por el que nos encontramos todos en este planeta musical.

«Art of Almost« retumbó, feroz y ruda en un clima de cerrar y abrir de ojos que buscaban alucinaciones propias para una canción de esta envergadura. «At least that’s what you said« emprendió su marcha sola y sentimental para estallar dando a entender a los presentes que todo lo que esta noche se iba a ver y a oír  no era moco de pavo ni carne de perro, sí rabia pura, rugir de sensaciones y escozor de placer. «A shot in the arm« desata los besos amorosos, los abrazos bailantes hasta el éxtasis final de un placentero “disparo en el brazo”. Su intensidad despierta a un público que por primera vez corea arrebatado.

Wilco se caracteriza  por su excelente y diverso repertorio, que deja huella y que sorprende a todo el mundo, que tiene la facilidad para recorrer de lo clásico a lo nuevo todas las doctrinas del rock.

Siguieron con «Born alone«, una de las canciones por las que se justifica un último disco soberbio. «Hummingbird« sonó melosa en su conjunto, hábil de cualidades y tierna hasta lo más profundo. Y apareció la indiscutiblemente siempre deseada «Impossible Germany«, magistral  y superior. El guitarrista Nels Cline tocó extasiado y poseído todas las notas que se pueden tocar con una guitarra en la faz de la tierra.

Wilco destapó una de las sorpresas de la noche con la pura y primitiva «Kamera«, que sacó al Tweedy más irónico dedicándosela al eco “Vaya sitio loco. ¿Qué tal el sonido?”, preguntó, hasta se atrevió a tocar varios acordes para que el delay del Palacio le contestara. Entonces Jeff sacó del baúl de los recuerdos «Box full of letters» para recordar ese alt-country universal de los 90.

El final no defraudó, repleto de escenografía y destape;  la bailonga guitarra de Pat Sansone, la batería generosa de Glenn Kotche , los elitistas teclados de Mikael Jorgensen y el bajo coreante de John Stirrat hicieron de un tramo final mágico con «Via Chicago«, «Dawned on me» y «Jesus etc». Un cierre de velada superior a la altura de una banda que ya es legendaria.

Texto por Edu Viera e Ilustración por Zorro

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