Hay bandas como The Walkmen que forman parte de uno, músicos capaces de ilustrar con clarividencia los sentimientos y experiencias que nos suceden en la vida, capaces de ponerle banda sonora a distintos momentos de nuestra efímera y absurda existencia.

Así es la música que se queda con cada uno de nosotros. Porque hay bandas que relacionamos con etapas concretas de nuestra vida, unas luminosas, otras más siniestras, pero solo unos cuantos artistas complejos abarcan multitud de estados de ánimo y permanecen a nuestro lado acompañándonos en momentos de euforia, rabia, soledad, desamor y alienación. Con paciencia, lealtad, comprensión y honestidad, como solo un fiel amigo sabe hacer.

Los Walkmen pertenecen a esta categoría.

Conocí a los caminantes ya afincados en NYC, alrededor de la primavera del 2006, y desde entonces he ahondado en su cancionero con la curiosidad y devoción que solo se le concede a los grandes. Porque para servidor, en los Walkmen se refleja el tránsito vital y estilístico más afín con mis preferencias personales, de la vanguardia a la tradición. Un recorrido que supieron labrar con dedicación, profundidad y determinación.

Los Walkmen de A Hundred Miles Off se encontraban en pleno proceso de transición, acababan de editar su revisión del Pussy Cats, disco de culto del brillante Harry Nilsson (compuesto y producido a medias con Lennon) y se desmarcaban de la nocturnidad arty de la ciudad de los rascacielos para iniciar su viraje hacia el sur, hacia las profundidades y orígenes del rock and roll. Todo ello tele-transportado por unos teclados ardientes y unas guitarras cada vez más oxigenadas y reverberantes.

Porque mucho antes de esto, concretamente en 2002, los Walkmen se presentaron en escena con un disco muy serio, nada fácil de asimilar de primeras y cargado de garantías en forma de canciones esquinadas, rincones oscuros con vida y emoción, nocturnidad y peligro- valores que no han sabido defender Strokes o Interpoles más allá del primer disco.

The Walkmen-EVERYONE WHO PRETENDED TO LIKE ME IS GONE

Bajo una espléndida portada en la que vemos a tres pequeños fumando (como salidos de un callejón del clásico «Once upon a time in America» del maestro Sergio Leone) mientras parecen tramar alguna traviesa chiquillada, se esconden perlas suficientes como para sospechar que nos encontramos ante una propuesta inquieta, atractiva y lo más importante, diferente a las demás. A saber, el disco y su discografía se abren de manera irresistible, con una letanía dominada por la voz de Hamilton Leithauser y la guitarra de Paul Maroon, «They’re winning«, en la que se presentan reclamando desde el comienzo su propio espacio, pero ¿cómo hacerlo?:

They’re winning.

I know its not fair, but what is?

I’ve given up hope.

I’ve stood in line so many times.

How could I, do it all again?

Hamilton se refiere veladamente, suponemos, a Jonathan Fire*Eater, seminal proyecto de post-punk que hasta 1998 mantuvo en nómina a 3 futuros walkmen (Walter Martin, el citado Paul Maroon Matt Barrick) que se disolvió tras postularse como una de las bandas más interesantes a la hora de renovar el género, además de una de las primeras en hacerlo antes del revival del siglo XXI.

¿Qué pueden ofrecer pues los Walkmen 5 años después de acariciar las mieles del éxito sin suerte con su anterior proyecto? La historia no es tan trágica como la de Pearl Jam, pero la posición del ahora líder Hamilton Leithauser recuerda bastante a la de Eddie Vedder al tratar de suplir la figura del enigmático y malogrado Andy Wood. Es obvio que Leithauser no tiene el carisma de Stewart Lupton, alma y atractivo principal de los Fire*Eater, pero su garganta irá despertando y desplegándose hasta convertirse en la misma esencia de la renovada banda.

«Wake up» no es mala forma de empezar, Maroon vía Pixies taladra con su afilada guitarra mientras Walter Martin (que es primo hermano de Hamilton) salpica notas con el piano y apenas la voz acentúa algo de emoción, la canción se convierte en una primera piedra de toque, una toma de contacto que, solo pasada la siguiente, la atmosférica que da nombre al Lp, se confirma realidad en «Revenge Wears no Wristwatch«. La comparación con U2 no es gratuita, es reconocida y podrá darse a lo largo de toda su carrera, pero los Walkmen ya vienen mostrando que su sonido es otro y su épica, justa y creíble.

Es en canciones como «Blizzard of ’96«, «It should take a while» o  «We’ve been had«, principalmente, donde nos muestran el potencial que más tarde habrán de desarrollar, donde se asientan las bases que conformarán la personalidad del combo. Canciones capturadas al vuelo, como postales de otro tiempo, procedentes de una improbable época en la que el CBGB y los cafés parisinos serían lo mismo. Gotas de melancolía salpicadas desde un piano maltrecho, y donde el violín es una guitarra eléctrica cargada de eco que envuelve todo el salón, incluída la base rítmica, monolítica, vibrante y garajera.

El exceso de minutos hace de este debut una densa acumulación de aciertos (también algún desatino) difíciles de distinguir entre la brumosa atmósfera post-punk que domina el disco. Un disco de debut que funciona como transición entre días pasados y lo que estaría por llegar. El espíritu del Lp queda perfectamente resumido en las siguientes palabras de la citada «We’ve been had«:

See me age 19 with some dumb haircut from

1960 moving to New York City

live with my friends there we’re all taking the same steps

they’re foolish now

We’ve been had you say it’s over

Sometimes I’m just happy I’m older

We’ve been had I know it’s over

Somehow it got easy to laugh out loud

BOWS + ARROWS

Si el debut de los Walkmen pecaba de exceso de minutaje y falta de cohesión, aquí los chicos concentran esfuerzos para parir un señor discazo que les habrá de confirmar como algo serio de verdad, más allá del pelotazo que supondría el incontestable single de adelanto y su mayor éxito a la postre, «The Rat«.

En Bows + Arrows encontramos de todo: un prólogo a modo de introducción, como acostumbran, esta vez conducido por un ardiente teclado farfisa que mece las olas de delay de las 6 cuerdas, al son de la nasal voz de Hamilton. Pura delicia.

Piezas enigmáticas, misteriosas, furiosas y certeras como flechas, «The North Pole«, «Little House of Savages«, «My Old Man«, «Thinking of a Dream I Have«, «Bows + Arrows» o la mencionada «The Rat» que bien merece un capítulo a parte, conquistarían al pretendiente más exigente.

Tonadas ensoñadoras, brillantes y espaciosas, no por ello menos definitivas y emocionantes (sino más bien al revés), como «No Christmas while I’m talking«, «138th Street» o «New Year’s Eve«. Rescatadas todas de algún cajón perdido en el subconsciente colectivo (¿no firmaría «Hang on Siobhan» el mismísimo Tom Waits?), canciones que merecen existir y ser escuchadas, canciones que bien valen el trabajo de toda una carrera discográfica y que cualquiera puede atestiguar como gemas por pulir.

Porque, seamos justos, un disco que contenga una canción como «The Rat» puede permitirse el lujo de ser mediocre (que no es el caso), por su capacidad de atracción, por su magnetismo carácter de single, por su precisión, su frenética energía y su elevada carga dramática. Con una letra que rebosa mala baba, el corte se convierte de manera irrefrenable en himno (junto a alguna bala de los Drones) de mi post-adolescencia y basta hacerla sonar para callar la boca a cualquiera que pretenda negar que esto es la hostia.

Can’t you hear me?

I’m calling out your name!

Can’t you see me?

I’m pounding on your door!

A HUNDRED MILES OFF

Algo tendrá que ver el paseo de los Walkmen por la soleada California que alumbraba las resacas de Lennon y Nillson (en su revisión de Pussy Cats, como decimos) para decidirse por un nuevo amanecer en la banda. Tantos ríos por cruzar que decía la canción, y ¿cuál mejor para continuar el camino que el legendario Mississippi? que vale que no es California pero sí esta a hundred miles off y pertenece a Louisiana, que es el título de la canción inicial (zas!), y los lleva con ello al meollo mismo de esto que llamamos rock and roll o, mejor, blues. Componentes más clásicos, al  fin y al cabo, son los que se dejan asomar en sus canciones, ¿cómo sino se explica uno el clímax mariachi de vientos y pianos en la citada primera copla?

Pues bien, esto fue lo primero que servidor escuchó de los Walkmen. Comprendan que uno pueda quedar arrebatado de por vida, pasada la sorpresa inicial y el incómodo timbre de Hamilton cantando (gritando), al escuchar la vibrante cadencia de «Danny’s at the weeding«, con su regusto Stooge, y dejarse llevar por siempre por su serpenteante discurrir,

No es fácil quedarse en la caverna reverberante desde la que estos chicos trabajan, pero una vez dentro, si la picadura de su música te alcanza, el efecto será tan demoledor que sentirás arrastrarte suavemente hacia el origen mismo del fuego en tu interior. Las densas atmósferas que consiguen teclados y guitarras cargan el ambiente hasta hacerlo irrespirable para justo entonces oxigenar la tensión en forma de bellas y sugerentes revelaciones 100% marca de la casa (la espectacular «All Harms and the Cook«, «Emma Get Me a Lemon«, «Lost in Boston«).

El trabajo parece perder pegada a partir de la segunda mitad, pese a los intentos punkies de «Tenley Town» y «Always after you«, por suerte, ahí están «This job is killing me» y la última, «Another one goes by«, para equilibrar la balanza. La canción que cierra el disco es de Mazarin, un amigo de la banda, y parece diseñada a su medida. De corte clásico, recuerda desde su introducción misma, con el primer acorde de piano, al Último Vals de The Band y supone, precisamente, la canción que mejor ejemplifica el momento en el que se encuentran The Walkmen y los pasos que darán a continuación.

YOU & ME

Sabemos que nuestro quinteto acostumbra a introducirnos en sus discos de manera sugerente desde la propia carpeta del Lp, pero en el caso de You & Me dan en el clavo con una elegancia exquisita. La preciosa fotografía, icono desde el momento de su edición para la imaginería de la banda. presenta a dos mujeres a las que no se les ven los ojos en un supuesto intercambio de confidencias y consejos.

Perfecta presentación para adentrarnos en el día a día de los Walkmen que en 2008 vuelven de la carretera en estado de gracia.

La depresión post-vacacional es algo más llevadero y romántico si regresan con una canción como «¿Dónde está la playa?«, con una cadencia irresistible que ilustra con precisión la nostálgica rutina de la vuelta al tajo, que estalla con explosiones de ansiedad incontenible a la hora del desayuno y que, lógicamente, conquistará por siempre jamás el corazón de cada uno de los fieles castellano-parlantes de estos, nuestros Caminantes.

«There is still sand in my suitcase.

There is still salt in my teeth.

I kissed her in the window.

She covered up her face.

She’s pretty, Sherry.

But I’m far, far too late «

«Flamingos (For Colbert)» enlaza un pensamiento con otro, o posiblemente se trate solo de ensoñaciones, porque con «On the water» definitivamente nos llevan de viaje a lugares intransitados, si acaso en sueños, montados en un expreso de medianoche que recorre el fondo marino y deja entrever verdades como luces en las que uno solo puede reconocerse mirando desde fuera hacia dentro.

Y por si el recorrido no estuviera siendo del agrado del pasajero, se descargan con un «In the New Year» que es carne de cañón para directo e himno, uno más, a la esperanza perdida en el ser humano, con el que alcanzan de manera definitiva su plenitud y madurez sin perder un ápice de mordiente. Mención aparte para el absoluto dominio de Hamilton dejándose el alma en cada sílaba.

Justo en el ecuador del disco es necesario hacer un parón para detenerse a contemplar esa maravilla que es «Reed Moon«. Joya imperecedera por la que matarían cientos de compositores de copia y pega, y parte de nuestro más selecto subsconsciente colectivo gracias a la serie Breaking Bad. Dejen las trompetas sonar y caigan rendidos a la soledad hecha belleza.

Aún con la conmoción, se acerca una «Canadian girl» de corte clásico, enorme y personal. Si los vientos están haciendo bien su trabajo que se queden para dar empaque, total, los chicos están en racha y nos demuestran que saben dominar las emociones como nadie. En estos tiempos en los que parece retrógrado y empalagoso hablar del corazón, resulta necesario y casi transgresor leer versos como «You are the morning I am the night I was the only one who left at the right time, but only I still call you mine…«

Para servidor es toda una lección de honestidad que se agradece, y más viniendo de estos The Walkmen, que verdaderamente componen en la liga de los grandes. Aunque no les haya sido reconocido en su justa medida.

«Four Provinces» sacude de nuevo sin llegar a quedarse demasiado tiempo en nuestro campo de visión, cuando queremos darnos cuenta «Long time ahead of us» nos hace volver la vista atrás para coger impulso, la trayectoria de estos 5 amigos tiene ya un largo recorrido y es justo hacer balance para estar en orden y afrontar el nuevo reto de cada día. Así, emprenden esta «The blue route«, este nuevo sendero que les habrá de llevar a desfilar sus historias bajo el absoluto protagonismo de la guitarra. Maroom utiliza viejos acordes, buscando en esas profundidades del blues y el rock and roll, y luego los carga de eco hasta el extremo de llevarse el folk a hacer surf.

«New Country» y «If only it were true» (maravillosa esta última) abundan en esa melancolía templada por la calma. El futuro y el pasado van de la mano con estos chicos, mientras el presente parece detenerse por momentos. «I lost you«, por contra, es la canción de pérdida con la épica más elegante que haya escuchado jamás, las guitarras, teclados y vientos te llevan al filo mismo del acantilado para hacer que nos reconozcamos en el dolor.

LISBON

2010. Los Walkmen dedican un Lp a la capital de nuestra vecina Portugal, musicalmente maximizan sus recursos haciendo suyo el «menos es más» y las letras suavizan el dramatismo para abrazar en paz la madurez artística y emocional. Apariciones en el Show de Letterman, conciertos en el museo Guggenheim de New York o sesiones en Daytrooter versionando a Leonard Cohen… están en su cénit de popularidad y la cantidad de temas que rozan el sobresaliente es digna de mención: la calidez de «Juveniles» («¿eres uno de los nuestros o uno de ellos?«), arrebatadora «Angela Surf City«, la divertida «Whoe is me» o, en su faceta más intimista, en la que más cómodos se encuentran actualmente, como «Torch song», la magistral balada casi country «Blue as your blood» o «While I shovel the snow». Romanticismo, imágenes cargadas de fuerza, los Walkmen han bajado revoluciones, nos recomiendan la vida pausada como mejor opción y casi podemos sentir la nieve afuera, cayendo tras la ventana, o rememorar ese fantástico viaje a Lisboa, con el calor humano de sus calles presente en cada surco.

HEAVEN

El coste para alcanzar ese cielo que da nombre a su sexto y último trabajo hasta la fecha (anunciaban recientemente un hiato sabático indeterminado) ha sido alto. Tras más de 10 años de carretera y desgaste, cientos de miles de kilómetros y legiones de seguidores a sus espaldas, por el camino nuestros protagonistas quizás hayan perdido el riesgo y esa capacidad suya de extraer la belleza del rincón más insospechado. Aún así, ya desde el ambiente familiar de las fotos de promo, en las que aparecen los cinco acompañados de sus hijos y esposas, podemos intuir que estamos ante el Lp más optimista de la banda. La pena como digo es que también se trata de su disco más convencional.

Con todo, las formas más definidas y previsibles no impiden que finalmente calen en nuestro corazoncito canciones como «Heaven» («Remember remember all we fight for. Don’t leave me, oh you’re my best friend, All of my life, you’ve always been…«), «Love is luck«, la emotiva e intensa, por última vez, «The love you love» («What it is and what it should be? Baby I want everything. What it is and what it should be? Baby it’s the love you love, baby it’s the love you love, Not me«) o la irresistible «Heartbreaker«. No importa que recuerden por momentos a U2 o a los Fleet Foxes, cuyo cantante colabora haciendo coros en la última canción del album, siempre acaban venciendo y convenciendo.

Lo mejor, la inicial «We can’t be beat«, creciente tonada alrededor del fuego con coros de transistor de los 50′, la ensoñadora «No one never sleeps» y «Line by line«. Esta última supone la mejor despedida posible, la confirmación de que ellos saben lo que tú y yo veníamos comprobando, que los hombres honestos sobreviven, los caminantes han llegado a su meta después de sortear obstáculos y dificultades pero lo han hecho- y esto es lo más importante- con integridad. Las victorias han de ser cosa personal, de nada sirve mirar la suerte de otros. Uno sabe cuando ha hecho bien su trabajo.

Ilustración y texto por Zorro de la dehesa

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