Con City Club The Growlers no pierden su swing beodo sino que, más bien, se llevan su sonido Beach Goth a la costa este. De fiesta a la Florida de Scarface o Miami Vice. Con su nuevo LP la banda que lidera la voz carrasposa de Brooke Nielsen, inunda de groove trasnochado y bajos funky su todavía reconocible sonido, aunque desprovisto de reverb.

The Growlers se ponen horteras y se mean fuera del tiesto garagero.

Es curioso, pero cuando descubrí a los Growlers a través de “Someday”, me parecieron sonar como unos the Strokes fumados. Tocando en una confortable caverna donde ponerse hasta el culo de ron y anfetas, y contar batallitas sobre chatis pilinguis y garitos de mal nombre.

Someday

Cosas de la vida, este City Club con el que alcanzan máxima notoriedad (y repetidos sold-out en media Europa), viene licenciado por el (a priori) dudoso aval de un Julian Casablancas en labores de productor musical (junto a Shawn Everett) y editor (suya es la etiqueta Cult Rds.).

Por fortuna para todos la credibilidad del Stroke se hace acreedora de un repunte, cosa que no pasaba desde los lejanos días de Room on Fire (2003, Rough Trade). Y es que, está mal que yo lo diga, los Strokes están más acabados que Más Truenos, y la culpa, visto lo visto aquí, no era de las producciones retromodernas de sus últimos trabajos, sino de un pérdida total y absoluta del gancho pop. Gancho del que todavía gozan The Growlers.

El repertorio de este City Club, mal que les pese a los talibanes del género, funciona de cojones.

Se pone uno esta rodaja temprano, de buena mañana, y se va desperezando a base de bien con el ritmo disco-vacilón de las iniciales “City Club” y “I’ll be around” (con su mantra tontorrón “Shake me up / Shake me down“), ambas ya conocidas como adelantos.

Les siguen “Vacant Lot“, con esa marciana voz doblada y un bajo neumático que discurre paralelo a un sintetizador de ciencia ficción, y la deliciosamente seductora “Night Ride“, con la que Brooks parece despedirse de su ex-batera Scott Montoya:

“Could’ve held out // but your clock was ticking”, Tomorrow night’ll go on without you // ‘till dawn and no one will care”.

Night Ride

Y, de paso entrega una ración de incorrección política, para quienes acusan a los californianos de abandonar su caracter gamberro:

“‘Cause your friends are still in // Night clubs and back rooms // Baggies in the bathrooms // Nothing’s changed but you // Saying nothing’s missing // Thoughts are drifting away from you”.

A estas alturas ya debes haber desayunado, puesto 2 lavadoras, fregado platos y limpiado cuarto de baño.

A continuación una ristra de momentos de inspiración arrebatadores disparan tus caderas.

Como ese pepinazo llamado “Dope on a rope”, donde arpegio de guitarra y sección rítmica (ese bajo supergordo) se conjugan con magistrales resultados.

(“Guess it doesn’t last forever, just a feeling to remember // Dope on a rope we hang, the cat walks the plank // Unless we turn around, and do it again”).

Pegadizo es decir poco.

Dope on a rope

La cosa parece no tener fin “Rubber & Bone”, “The Daisy Chain”, “World Unglued” … Pildorazos de pastiche bien amasado, singles de bubblegum retrofuturista por el que muchos darían un meñique. “Neverending Line”, “Too Many Times”… Hay bandas con 200 discos y menos greatest hits de lo que estos jóvenes despachan en apenas 50 minutos.

Para terminar “Speed Living“. Otra chuchería con arreglos de viento de lo más cachondo que uno puede echarse al cuerpo hoy por hoy.

Concluye City Club y como casi no me he dado cuenta, decido pincharlo de nuevo para, una vez realizadas las tareas domésticas, pasarme el resto del día bailando con chulería barriobajera tamaña colección sonora.

The Growlers - City Club (2016, Cult Records)
3.9Nota Final

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