La mayoría de los grupos experimentales me aburren. Entre que uno se radicaliza con los años y que cada vez es más difícil disponer del tiempo y la paciencia necesarios para degustar con objetiva receptividad las nuevas propuestas creo que es mejor picar un poco por encima y dejarse llevar solo cuando la intuición manda (comprando el disco por ejemplo) o directamente pasar página, borrón y cuenta nueva (enviando a la papelera el archivo .rar en su caso) cuando el que manda es el bostezo. Al fin y al cabo no debemos creernos cada cosa que nos vendan, ¿verdad? ¿o es que cambiarían su marca de detergente por Gabriel así sin más? 

A mí, que he sido siempre defensor de las exploraciones lisérgicas y de las jams alucinadas, me aburren la mayoría de esas nuevas/novedosas propuestas. Siempre me han gustado las bandas inquietas y los estilos esquivos (los que me conocen lo saben bien) pero hace mucho tiempo que ningún grupo consigue traspasar la fibra emocional con nuevos métodos. Por suerte hay excepciones y yo soy más de confiar en proyectos, discos o personas sin domesticar que en estilos o sub-estilos que a los seis meses caen en el olvido. Eso no quita que algunos grupos decepcionen con los años: Animal Collective me gustaron mucho en su día y ahora me parezcan un auténtico coñazo, que Caribou están cojonudos pero les echo en falta ese punto de espontaneidad… ahora bien, ¿alguien se acuerda del Afropop?

Tame Impala es uno de esos ejemplos. Que sean psicodélicos, progresivos o experimentales a su manera tiene un gran mérito. Sí, he dicho a su manera porque no abundan bandas con un universo tan particular desde su debut. Y es que en InnerSpeaker (2010, Modular Rds) podías reconocer fácilmente algunas influencias (John Lennon, los primeros Pink Floyd, los Flaming Lips, Can…) pero el tratamiento y formato de sus canciones lo convertían en algo único, perfectamente definido (pese a excesos y dispersiones lógicas del género) y lo mejor de todo, altamente atractivo.

En este Lonerism no solo mantienen intactos sus valores sino que consolidan esa personalidad añadiendo otro puñado de pildorazos en forma de canción irresistiblemente accesible. Han condensado ideas, el disco está mejor enfocado y secuenciado, añaden unos pegajosos sintetizadores y ganan la partida con solvencia. Ahí siguen las capas y capas de efectos: flangers en las guitarras (¡!), voces con delay, bajos y baterías distorsionados, explosiones, ecos, fuegos artificiales… Efectos todos estos que me echarían para atrás en cualquier banda y que sin embargo con Tame Impala consiguen atraparme. La clave para trascender el medio reside en su olfato melódico, su capacidad para sugerir emociones como la nostalgia, la amargura o el despiporre y la búsqueda de una belleza fantasiosa, como de ensoñación.

Dejénse arrebatar por golosinas como su escurridizo single «Elephant» o «Apocalypse Dreams«, «Why Won’t They Talk to Me«, «Mind Mischief«, «Feels like We Only Go Backwards«. Para mí esto es verdadera psicodelia del Siglo XXI.

A falta de dar otra imposible vuelta de tuerca ya es un logro hacerse notar sin necesidad de copiar el sonido de moda (vale que tener a D. Fridmann como productor vende) y un placer encontrarse con talentos inquietos e imaginativos, porque la experimentación y la psicodelia no están reñidas con la diversión y el entretenimiento.

Elephant

Texto e ilustración por Zorro

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