Aceptando que los Swans pueden parecer una banda decididamente pretenciosa dado el formato extremo de su último disco The Seer y que la sombra de la sospecha les sobrevuela a juzgar por el éxito unánime de su arriesgada propuesta (esta música no puede ser asimilada tan alegremente por cualquiera), para un escéptico como yo supone toda una experiencia adentrarme en tal cueva infernal de rock progresivo y post-rock.

Me dispuse a enfrentarme a The Seer con la mayor de las dudas y armado de un buen puñado de prejuicios con la idea de ajusticiarlo sin miramientos, tratando de negar a toda costa el valor de su contenido. Deseando estaba, pero me ha resultado imposible hacerlo.

Cada vez que me he puesto el álbum me ha sido imposible evitar la catársis que proponen, como si este fuera escrito (y pensado) exclusivamente para azotar bien fuerte a mi persona en particular. No digo que necesitara algo así para prepararme ante la profecía maya o el discurso del rey y las cenas familiares de navidad, pero parece como si el destino tuviera reservadas ciertas cartas, esperando pacientemente la mano oportuna para echarlas sin piedad sobre la mesa y hacerle a uno aceptar ciertas evidencias. Como la rabia, la impotencia y debilidad de un servidor ante tan jodida música, ante tan tormentoso panorama como el que vivimos. Y qué cojones, si tiene que acabar el mundo esta es una banda sonora perfecta.

Hay que estar muy enfermo y tener las entrañas realmente podridas para perpetrar una obra tan brutal como esta. Nada menos que dos horas de música del demonio, surgida desde el mismo núcleo del infierno, traídas de mano de Michael Gira en primerísima persona. Todo un incombustible de la escena no-wave neoyorkina de inicios de los 80, tras un stand by de casi 15 años, decide resucitar a la bestia de entre los muertos en 2010, para volver con más fuerza que nunca.

Tengo que reconocer que no era yo muy ducho en la materia Swans, germen del que se escindió el mísimisimo Thurston More, el cual se encargaba de los teclados y demás cacharrería electrónica en la fase embrionaria de la formación.

Es realmente difícil tratar de definir la música del ahora sexteto, Michael Gira habla de la consumación de 30 años de esfuerzo concentrados en un solo trabajo, en el disco del acojonante perro que ilustra la portada, y a servidor le parece más que suficiente con The Seer para aceptar sus enseñanzas. Estoy de acuerdo, desde luego no voy a ser yo quien lo discuta, no creo que necesite (ni quiero, por ahora) ahondar en su discografía, me parece que con lo dicho en este disco doble tengo dosis más que suficiente de apocalipsis sónico.

Para empaparse del disco hay que predisponerse, armarse de paciencia y relajar los músculos, dejando filtrar los sonidos por cada uno de los poros de nuestros maltrechos cuerpos. Esto es una experiencia casi física que no puede dejar a nadie indiferente; es imposible tener el mismo estado de ánimo antes y después de escuchar las 11 canciones que se suceden en su interior.

Lunacy” es un monolito perfecto para iniciar el viaje y ponerte en guardia, teclados mántricos y guitarras hirientes te reciben desde las puertas del averno para darte la bienvenida al abismo musical más tremendo, esta es la música más malrollera que uno recuerda (con el permiso del Scott Walker más abstracto y vanguardista). Como no podía ser de otra forma la parte vocal avisa en consonancia con lo que está a punto de suceder: “In the mind of no one, fallen son fall in love, break the chain hide within, innocence not innocent, innocent in the sense. Eat the beast keep him in, take the blame speak the name. Lunacy, Lunacy…“. Terroríficamente placentero.

Empiezo a creer que tienen razón, y no hemos hecho nada más que empezar. “Mother of the World” es una incómodo hall de arritmia percusiva, post-rock en su versión más afilada, una recepción que parece no avanzar hacia ninguna parte, repetición y voces inquietantes que parecen reírse de la que se te viene encima. Acojona de verdad. Un susurro y estás atrapado. El baile comienza a tu alrededor y pareces formar parte de un rito tribal en el que tú eres la ofrenda, un cuerpo a punto de sacrificar. Entonces la cosa se calma y Michael Gira se hace visible como maestro de ceremonias, la música es deliciosamente bella y aterradora.

En “The Wolf” estás solo ante Michael, que ahora trata de ponerte en sobreaviso, que la bestia anda cerca. Con “The Seer“, la canción, pasarás la siguiente media hora nada menos. Que Dios se apiade de tí. Esto es una verdadera aventura en la que nunca sabes que sucederá detrás de cada esquina, un enorme salón en el que te vas adentrando sin saber cómo ni por qué. Todo es orgánico y denso, a lo lejos parecen sonar unas campanas mientras la percusión se va deshaciendo y deja espacio para la tranquilidad. No puedes más que apretar los puños y ajustarte bien los machos porque aquí puede pasar de todo.

Vas iniciando lo que parece ser una especie de cuesta, acelerando el ritmo como si recorrieras una ladera bosque a través, tratando de llegar cuánto antes a donde quiera que sea que te dirijas. El Apocalypse Now del rock te sacude a ambos lados con extraños sonidos de bestias escondidas, Michael Gira te sigue bien de cerca repitiendo “I see it all, I see it all“. El ritmo va aumentando lentamente y las pulsaciones se empiezan a acelerar de manera irremediable, esto tiene pinta de acabar realmente mal.

Estás perdido.

Estás dentro, en el centro mismo del infierno. Poco importa quién eres, tu pasado o tu futuro. Es aquí y ahora. Agárrate bien fuerte porque la sacudida es de órdago.

Crees haber salido indemne del azote pero el caos continúa, es imposible evadir tales estridencias. Los riffs del demonio te siguen sacudiendo hasta dejarte medio gilipollas. Y ahora lo hacen con orden y lógica, jugando con tu cuerpo como si de un títere de trapo se tratara.

Te quedas solo, abatido, una armónica susurra a lo lejos como sintiendo lástima de tí y vuelves a sentir poco a poco la movilidad de tus articulaciones.

Acabas de superar la primera montaña de dolor.

Y Michael Gira vuelve a hacer de las suyas canturreándote al oído hasta la siguiente estancia.

The Seer Returns” como su nombre indica trae de vuelta al vidente, pero ahora se muestra casi agradecido con un ritmo hipnótico, las formas son reconocibles y el bajo te hace sentir cierto confort. Jarboe es el invitado de honor encargado de contarte un poco más, “Put your light in my mouth“, justo te das cuenta entonces de que eres llevado en brazos por la banda y que lo que era comodidad ahora es un inquietante paseo en el que no tienes control alguno.

93 Ave. B Blues” es una pequeña habitación en la que no eres protagonista. Parece como si hubiera un despiece animal justo a un milímetro tuyo, pero por alguna extraña razón no sientes nada… hasta que la paliza se hace presente. Entonces más te vale ponerte a salvo, encogerte y tratar de evitar los cortes que producen unas guitarras eléctricas golpeadas por la percusión más atroz, como si fueran sierras mecánicas.

Con “The Daughter Brings the Water” no te puedes fiar. No se puede decir que sea agradable, pero se trata casi de un favor a estas alturas del recorrido. Aún así sabes que queda mucha tela por cortar.

Song for a Warrior”, cantada por Karen O de Yeah Yeah Yeahs, es una pequeña balada, un sueño precioso que parece casi irreal entre tanto horror. Dan ganas de quedarse para siempre. Pero hay que seguir.

La pogresiva “Avatar” te hace recorrer un largo pasillo de casi 9 minutos. Una barbaridad que te hará acomodarte e ir tomando conciencia del profundo pozo al que nos dirigimos mientras pareces aceptar el trepidante ritmo que te guía, adornado por antorchas y tintineos de campana que ahora sí suenan mucho más cerca, como anunciando tu llegada… “Your life is in my hand, your life is in my hand, your mind is in my eye, your mind is in my eye…“, para más tarde, justo cuando estás casi a gusto, hacerte caer en picado por una trepidante cascada de noise.

A Piece of the Sky” consta de varias suites, si es que se pueden llamar así a estas salas de tortura. Por un momento se abre el cielo ante ti y empieza a caer una cándida lluvia que no viene nada mal para refrescar tan caldeado ambiente. Akron/Family se apuntan al festín chamánico y el cielo se cubre de un naranja turbio como el fuego. La atmósfera se expande y pareces vivir en mitad de una ilusión casi mísitca. A partir de los 10 minutos la banda vuelve a hacerte compañía dirgiéndote tranquila e irremediablemente a la última estación del trayecto. Y Gira se acerca al pop lo más que puede para bendecir tu humilde alma. Creerás en ese momento estar a las puertas del cielo… pero “The Apostate” está esperándote un poco más adelante y no será nada piadoso a tu encuentro.

La última canción, capítulo, acto o resolución final es una vertiginosa locura de 23 minutos. Una última matanza abrumadora, observada por un e-bow que te circunda hasta la tormenta definitiva de The Seer. Caos, ruído, percusiones que parecen disparos, muros de sonido construídos sobre fábrica de feedback. Un verdadero holocausto musical, una atrocidad para los sentidos. Las campanas vuelven con la banda, que ahora te lleva hacia el altar donde has de ser troceado y ofrecido al mismísimo Coronel Kurtz. Michael Gira, canta otro de sus himnos, dolorosamente encantador, como una serpiente hecha hombre. El final es sencillamente una masacre, un asesinato al timbal base, que simboliza tu cuerpo.

Cuando el disco acaba casi no puedes creer que hayas sobrevivido. El exorcismo es agotador. La experiencia es masoquista, el placer estético y el dolor dependen de lo valiente y receptivo que puedas ser ante tan abrumadores paisajes. Es imposible decir que este disco te purificará, digamos mejor que te pondrá en contacto con el monstruo que llevas dentro, con tu lado más débil y oscuro, y pasarás por momentos de auténtica angustia. Lo genial es que te hace sentir vivo como nunca.

Altamente recomendable, sólo para mentes y orejas inquietas de verdad, ávidas de experimentación y aventura hasta las últimas consecuencias. Los Swans han parido una criatura grotesca y única, la obra definitiva del rock después del rock. Eso no quiere decir, claro, que vayamos a pasar un buen rato cada vez que volvamos a su interior, más bien todo lo contrario. A mí me han convencido, definitivamente.

Texto e ilustración por Zorro de la dehesa

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
error: Content is protected !!