Tras muchos años en el asunto uno acaba teorizando que la clave en esto de la música tal vez resida no tanto en los estilos o géneros que existen como en los tipos de consumidor de canciones que hay. Simplificando (que es gerundio), uno determina que en esencia hay dos tipos de escuchador de música: el que busca y encuentra canciones (generalmente alegres) que estimulen y complementen su estado de ánimo, y el que se sumerge de forma analítica y enferma en discos de forma más o menos compulsiva. Obviamente formo parte del segundo grupo, y como yo, imagino, la mayoría de los que estén leyendo esto. Se podría decir que soy un freaky del tema -mi mujer así me cataloga- y, pensándolo bien, no puedo desacreditarla pues qué otro tipo de adolescente se pasaría las siestas muertas sin dormir, enganchado al discman, consumiendo remesas de extraños cds. Así, recuerdo un verano que me dio, ojo al dato, por una caja de CD-R que incluía entre otros: Nixon de Lambchop, Good Looking Blues de Laika, This is Normal de Gus Gus, Our Aim is to Satisfy de Red Snapper, Oh Ah! de Stereo Total y el “disco del puente” de Red House Painters.

¿Y a santo de qué viene esta reflexión? Pues a que llevo desde junio dándole vueltas de forma insana al enorme y mágico Benji, disco de Sun Kil Moon, proyecto del ex-lider de los citados Red House Painters. Un disco que, paradójicamente, no consigo afrontar como plumilla pese a que a priori pudiera parecer el más asequible, el que mejor se pega al oído. Me cuesta encontrar las palabras con que explicar lo que escucho en él, y como tantas otras veces en los últimos meses, vuelvo a acudir a su contenido confiado en que una frase, idea o adjetivo asalte mi cabeza como punto de partida de esta crítica, pero nada. No sé por dónde empezar. Eso sí, una cosa tengo clara, cada vez que escucho Benji más me gusta, más me emociona y me atrapa. Quizá eso sea lo mejor que pueda decir de él.

Por mucho que el bajista de Stillwater en Casi Famosos sea ese tipo engreído y despreciable, no quita que el hijoputa haya parido el que es a todas luces su disco definitivo. No argumentaré entre sus bonanzas el descarnado tono confesional ni la fragilidad que desprenden unos textos vomitados desde las tripas, siempre al borde de la congoja (la tragedia y la muerte son la temática constante), tampoco la excepcional musicalidad y ambientación de un repertorio donde se sublima la esencia del sutil estilo Kozelek, solo invitaré a aquellos que como yo forman parte de ese tipo de escuchadores de música del que hablaba al principio, a que se zambullan de lleno en este disco, difícil sí, pero tan pegado al alma que si uno consigue que cale, podría ser fiel compañero por el resto de nuestros días siempre que uno lo desee.

Carissa (Live in Paris 2014)

I Can’t Live Without My Mother’s Love (Live in Paris 2014)

Texto e ilustración por Barce.

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