Con Valtari Sigur Rós parecían lanzar su más desolador lamento, un bellísimo y gélido abismo colmado de tensa paz y envolventes texturas. Poco hacía presagiar el pasado verano que de tan ambiental propuesta iba a surgir la oscura agresividad de Kveikur. Sólo un puñado de meses los separan, un largo e intenso camino y unos resultados espectaculares.

La gestación de Kveikur se antoja cuanto menos convulsa. Rumores de disolución, la salida de un miembro esencial de la banda como fue la del multiinstrumentista Kjartan Sveinsson, un cambio de discográfica o la exigente gira mundial para promocionar Valtari, gira que les sirvió para oxigenar algunas de las composiciones que han acabado formando parte de este flamante trabajo. Tantos acontecimientos tenían que derivar en algo especial y así ha sido. Tan único como ellos mismos, tan singular como la propia isla de la que proceden y quizás su disco más accesible hasta la fecha.

Aún cuando a través de sus discos y canciones, Sigur Rós, nos han regalado algunos de los crescendos más fabulosos de las últimas dos décadas, ha sorprendido a propios extraños la agresividad y contundencia de la que hacen gala en Kveikur. El ADN, el tono apocalíptico y la personalidad de la obra queda marcada a fuego desde el mismo inicio con esa brutalidad que la presenta. «Brennisteinn» apesta a azufre, a malsana y enfermiza fiebre. Donde antes había preciosas ensoñaciones, ilusiones de duermevela y plácidos paisajes campestres ahora se encuentran auténticas pesadillas infernales y escenas de un mundo devastado. Las melodías vocales de Jonsi colisionan con una sección rítmica que parece dar un paso al frente ante la baja de Kjartan. Explosivas y autoritarias percusiones que se aferran, luchan y se entrelazan con un desafiante bajo. Ecos de muerte, siniestros recovecos de destrucción. Casi 8 minutos de equilibrio en el caos, de orden en el desconcierto y que encierran una de las mejores canciones de lo que llevamos de 2013. No hay lugar a crescendos ni caricias en «Brennisteinn«, el tema es auténtico clímax en todo momento y un zarpazo en toda regla.

«Hraftntinna» tiene ese poso melancólico tan característico de los islandeses, ese caudaloso río de emociones que han dibujado siempre de una forma sublime pero que ahora se atisba diferente. Las percusiones y ciertas sombras industriales parecen haber arañado la inocencia pretérita, contaminando su esencia con sombras sin llegar a marchitar su belleza pero arrancando de cuajo su pureza. Lamentos desde el otro lado del espejo. «Isjaki» es un oasis helado que puede parecer sosegado pero que también encierra dientes afilados. Los susurros se tornan aullidos. La angelical voz de Jonsi vuelve a servir como perfecto medio para tejer melodías memorables y exquisitas, fluctuando consigo misma y meciéndose entre baterías de guerra y el vacío abisal e inquietante del resto de instrumentación. «Yfirbord» es un valle desolado repleto de cráteres que rezuman fuego y desesperanza. «Stormur» hace hincapié en la sensación de que todo ha volado por los aires y que lo que presencias es la nada tras volatilizarse las cenizas de un enorme incendio. «Kveikur» (la canción) a su vez suena  como si ángeles caídos pidieran clemencia y duele… y aún así es altamente hipnótica, afilada… «Rafstraumur» muestra una belleza deliciosa que acaba rompiendo en una corriente que fluye desde el esófago al corazón, como si se situase en esa línea imaginaria que podría unir los Sigur Rós de esfuerzos anteriores con los presentes. «Blapradur» es vibrante, asfixiante y de nuevo la sección rítmica explota. La puntilla la ponen con «Var«, corte que parece haber salido de esa burbuja ajena al mundo, de esa mágica quietud que inundaba Valtari. Probando o más bien demostrando una vez más que abismos, volcanes, destrucción, paz, inicio y final están unidos/separados por un sensible y fino límite. Muchas veces, tan sólo es el gesto de volver a poner la aguja en la cara A y perderse otra vez…

La música de Sigur Rós siempre me ha parecido un acompañamiento inmejorable para salir a recorrer calles desconocidas, perderse en el campo o visitar playas desiertas en invierno. Ahora también cuentan con la banda sonora perfecta para la devastación post-apocalíptica, Kveikur.

Sigur RósBrennisteinn

Med Vega.

Ilustración por Cristina Carmona.

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