Es sonar los primeros compases de Supernova y deducir que estamos ante un claro viraje, otro más en la carrera de LaMontagne. Ray, invita a sacudir de un plumazo toda serie de prejuicios y deja abierto el redil a aquellos que mostraron su rechazo a discos de corte más romántico. Y es que debutar con una colección tan indiscutible como aquella títulada Trouble y disponer en su haber de perlas como «You are the best thing» o «Let it be me» parecían argumentos suficientes para condenarlo a esa sección de cantautores light que, influenciados por décadas de mayor gloria, coquetean con grandes audiencias mientras se acuestan con un público más underground. Que le follen a los prejuicios.

Con inusual garra, el más digno heredero del estilo vocal de Levon Helm emerge aquí en un feliz acto de valentía de entre ese bosque que es la barbaca que puebla su rostro. Y lo hace espoleado por la mano maestra de Dan Auerbach al otro lado del cristal. La elección, además de garantía en su búsqueda del sonido perfecto es, no lo olvidemos, un gancho perfecto de ese intangible (imaginamos que bien pagado) que supone ser cantante de la banda cool por excelencia ahora mismo. Lástima que últimamente dedique más alma a sus labores de productor que, según se desprende de oir lo último de los Black Keys, a fabricar canciones como Muddy Waters manda. Tomemos como muestra un par de botones de este Supernova donde innegablemente coexisten la rama más visceral del cantautor de New Hampshire con paisajes de blues psicodélico («She’s the One«) y con atmósferas a ras de suelo y sutiles arreglos («Pick Up A Gun») dispuestos por Auerbach. El resultado viniendo de quien viene es no solo sorpresivo sino estimulante.

En las primeras declaraciones de promo del álbum, Ray confesaba haber compuesto estas canciones de forma fluida y natural, liberado de la angustia de tiempos pasados, dejando que fuera la música quien guiara los designios de las canciones atraídas por el magnetismo de la costa oeste y la era psicodélica americana. No parece presentar reparos en ceder su registro más aflautado a la inicial «Lavender», todo un servicio a la psicodelia más etérea, y una pieza de indudables reminiscencias al «Time of the Season» de los Zombies. En la pausada «Airwaves» reconduce su talento y magnetismo de forma verdaderamente brillante y si, como ha ocurrido a lo largo de su carrera hubiera que establecer paralelismos con la trayectoria de su adorado Van Morrison, esta misteriosa pieza empastaría perfectamente en el Veedom Fleece del de Belfast.

Desde luego lo que sí está claro es que este es el disco psicodélico de LaMontagne. Los citados Zombies, los Pink Floyd era BarrettSmashing«), Neil Young («Driv-In Movies») o el Manassas de su admirado Stephen Stills resuenan en unas canciones cuyo sonido no obstante rehuye el mero homenaje para preservar una acertada vigencia. De hecho, y para demostrar que no solo de los tardosesentas se alimenta el hombre blanco, no es difícil imaginar al bueno de Ray pulsando el botón pause de su reproductor, interrumpiendo la escucha de, por ejemplo, Innerspeaker de Tame Impala e, inmediatamente después escribir «Julia» afectado todavía por el influjo lisérgico de los australianos.

La titular «Supernova», lo más parecido a un single del conjunto, es la excusa perfecta para dejar el disco a mano durante al menos un par de semanas mientras llega el verano. Por lo demás, el tiempo se encargará de encontrarle un sitio en nuestra discoteca, o no.

Supernova

Texto e ilustración por Barce.

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