El nuevo disco de los escoceses Primal Scream viene amparado por la mayor parte de la crítica como una nueva vuelta a los orígenes. Esto, en su caso, no debería significar un estancamiento o ejercicio de nostalgia por falta de ideas, tampoco una maniobra comercial en busca de dinero fresco. La principal virtud de la banda liderada por Bobby Gillespie fue una intuición visionaria, siempre obtuvo sus mejores réditos buscando en el pasado con el fin de dar un salto hacia el futuro. El problema es que en pleno 2013, vistos los últimos intentos discográficos de los autores de Screamadelica (1991, Creation) y la aparente esquizofrenia estilística que les mantuvo vivos cuando nadie daba un duro por ellos, parece haber agotado su fórmula. Cuesta creer que tengan algo más que aportar.

Sin embargo, con este grupo nunca hubo medias tintas y yo siempre me he situado en el bando de los que vibramos con el citado Screamadelica, con Vanishing Point, Echo Dek o XTRMNTR, y sólo por eso hay que asomarse a ver qué hay de nuevo para esta panda de sinvergüenzas.

Como bien decía mi primo «sólo entenderás la música electrónica cuando hayas comprendido el rock and roll» y no al revés, añado yo. Digo esto con la intención de romper una lanza a favor de Bobby & co, puesto que Primal Scream siempre han sido y serán una banda de rock, y al rock no es necesario exigirle ser tendencia ni moderno, «simplemente» ser algo vivo, excitante, peligroso y sexual. Y, pese a que los miembros del grupo ya no se pongan hasta el culo, en More Light hay un poco (bastante) de todo eso. El que tuvo retuvo.

Exuberantes arreglos de saxo que remiten a los primeros Roxy Music, textos cargados de acción política y actitud punk, cadencias reptantes e hipnóticas, bombas de psych-rock, guitarras tóxicas, desarrollos alucinados… Así leído puede sonar todo la mar de aburrido, pero no olvidemos que Primal Scream nunca se perdieron en sus viajes sicotrópicos, siempre mantuvieron el pulso y en este More Light el entretenimiento no decae por mucho que puedan recurrir a su propia discografía para recuperar la inspiración. Algo habrá influído revisitar en vivo su obra cumbre, que cumplió 20 años hace un par, o también volver a contar con Kevin Shields, Robert Plant o el fino olfato como productor de David Holmes. El caso es que da igual si Kowalski reaparece cual zombie, o si su vena Rolling sirve para dotar de alma algún corte, qué más da que sean flautas ácidas, reflejos de speed o restos de cocaína de Kate Moss los que hagan acto de presencia como fantasmas del ayer. Su ayer es lo suficientemente válido para abrazarlo hoy con más luz y en ningún caso la mezcla está cortada con mediocridad, cada copla sospechosa de autoplagio acaba por llevarte más allá de lo que prometía a priori.

Paso de hacer comparaciones. Este discazo de más de una hora de duración es un viaje sorprendente e interesante. Transitando vías conocidas ofrece una nueva perspectiva, como si sus maltrechas memorias no recordaran haber pasado antes por estas carreteras del demonio, y a servidor a día de hoy le suponen un soplo de aire sucio como hacía tiempo que no escuchaba.

Primal Scream se hacen viejos y, salvo algún desliz, vuelven para demostrar que la nocturnidad y el peligro no son cuestión de edad, al menos en esto del rock.

¿Pueden decir eso mismo sus compañeros de generación?

¿Y sus Majestades?

Texto e ilustración por Zorro de la dehesa

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