Así como una moneda tiene su cara y su cruz, hay solitarias certezas que no pueden ver la luz sin las sombras proyectadas por mil contradicciones. Phosphorescent, o lo que vienen siendo Matthew Houck y su mundo son un universo de estas preciosas paradojas y una aparente fuente de inagotable y pura belleza. Dice que Muchacho nació estando completamente exhausto por no parar de girar pero es sin duda su colección de canciones más redonda y mágica hasta la fecha y eso es decir mucho cuando el de Alabama cuenta con joyas únicas como Here’s To Taking It Easy (2010), Pride (2007) o aquel honesto e irresistible homenaje a Willie Nelson que fue To Willie (2009).

Muchacho rezuma esplendor y belleza en unas cantidades absolutamente embriagadoras y por si fuera poco no es todo lo que encierran estos 10 temas a lo largo de sus 46 minutos y pico. Un disco que invoca al sol a través de lamentos nocturnos, un trabajo que irradia melancolía y tristeza con enormes ansías de buen tiempo, una obra repleta de baladas de un corazón a la deriva cuya alma parece no darle la mínima trascendencia al eternamente trascendente asunto del amor. Rock de raíces genuinamente americanas, de íntegro clasicismo que se deja seducir y arropar por atmósferas electropop que no hacen más que sumar más y más hermosura y, por supuesto, una voz, un caramelo de voz tan dulce como roto y maltratado. El bueno de Houck tenía los mejores ingredientes y ha acabado cocinándonos un delicioso plato que incluye todos los elementos y consecuencias de una vida que se debate entre el ayer y el mañana, el sol y la luna, lo mundano y lo divino. El todo y la nada.

Dos melodías gemelas pero extremas y opuestas abren y cierran el disco. «Sun, Arise! (An Invocation, An Introduction)» es el prólogo mientras que «Sun’s Arising (A Koan, An Exit)» actuaría como epílogo. No sólo te reciben y despiden, son una suerte de envenenado clamor que te atrapará desde la primera escucha y desde aquí -o hasta ahí- la inmejorable forma de seducir y dejarte por parte de los Phosphorescent de Matthew Houck.

El segundo corte, «Song for Zula» es una barbaridad sencillamente impresionante. Una canción de marcado poso y alma country envuelta en un delicado, suave y ondulante arreglo electrónico, donde sintetizadores, un pedal steel y unos violines se abrazan dando un resultado bellísimo. Mientras tanto la letra por su lado, en un ejercicio de disonancia tremendo con la música, nos va matando el mito del amor como algo divino y capital. Además que lo hace parafraseando ni más ni menos que al coloso CASH y su «Ring of Fire«, cantando así eso del: «Some say love is a burning thing that it makes a fiery ring» pero apostillando que «Oh but I know love as a fading thing – just as fickle as a feather in a stream». Si es que en ocasiones, se afronta el amor con un grandioso deseo similar al que un niño siente ante un juguete que le es desconocido y que para tratar de comprender acaba rompiendo entre lágrimas y sollozos. Devastador, el amor como fuerza capaz de generar el dolor más tormentoso, eso sí, la canción es, como el resto del álbum, impecable.

«Ride On/ Right On» y «A Charm/ A Blade» aportan un brío alegre y juguetón que completan un tono colorido y profundo al flamante trabajo al rubio de pelo alborotado y aficando en Brooklyn. Suelen citarse entre las influencias de Matthew Houck a Bob Dylan o Will Oldham, pero no sería descabellado tampoco verlo, en temas como los citados o el increíble «The Quotidian Beasts«, como una especie de Jeff Mangum cabalgando unos desbocados y cosmopolitas Crazy Horse. «Terror in the Canyons (The Wounded Master)» es otra jodida maravilla, con un emocionante piano y otra letra bien inspirada. Fue el león y fue la jaula, fue el actor que sangraba y fue el escenario, pudo haber sido para siempre como pudieron haber sido un par de días, pero claro, no sintió tanto su corazón al hacerse añicos… Buah, por Willie Nelson, no se pierdan las letras de este caballero.

En la también gloriosa «Muchacho’s Tune«, Houck nos ofrece una sentida promesa de redención con una elegancia tan brutal como la honestidad que parece brindarnos. Un curiosísimo vals con otra letra mágica que desemboca en otro punto álgido que te puede dejar atónito, «A New Anhedonia«. Hablábamos de paradojas, de contradicciones, de anversos y reversos, pues bien, la ya mentada «The Quotidian Beast» fácilmente podría ser la cara o la cruz (que cada uno escoja su par) de ese pedacito de cielo que es «Song for Zula«. Un señor temarral que evoca a ese retorcido juego que Chris Isaak describía como nadie. Una señora canción que en sus más de 7 minutos hipnotiza, seduce y encanta. Antes de que el sol surja por completo hay una parada más, «Down to Go«, otra muestra más de que estamos ante una de las obras más bonitas que uno puede echarse a la cara en estos tiempos que nos ha tocado vivir.

Muchacho, qué discazo te has arrimado.

Song for Zula

Texto por Med Vega.

Ilustración por Cristina Carmona.

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