La diferencia entre un buen guitarrista y otro excelente es que el primero sabe exactamente qué es lo que va tocar y luego lo ejecuta a la perfección, mientras que el segundo, además de hacer eso, decide sobre la marcha cómo va a hacerlo. El músico improvisará paseando sus dedos por las cuerdas desde aquí hasta allí deteniéndose por el camino en una serie de trastes, elegidos casi por instinto, antes de llegar a la nota que corresponda, de manera que al dibujo original se sume un acento extra, exponiendo así una muestra irrepetible de talento y, sobre todo, de magia. Este último es el caso de Andrés Herrera, más conocido como el Pájaro.

Existen pocos artistas que conjuguen de manera tan brillante el virtuosismo y la expresividad, en que la técnica case con el alma y la estética ofreciendo un espectáculo no sólo disfrutable por los más estudiados musiquitos (que son quienes saben del verdadero mérito de esto) sino por cualquiera que sea mínimamente receptivo y no tenga las orejas de plástico.

El pasado viernes muchos considerarían un error y una traición no asistir al concierto de los Sonics en Granada, una infidelidad imperdonable para con el rock and roll. Nada más lejos de la realidad, cualquiera que haya visto al Pájaro tocar alguna vez en vivo, haya escuchado su personales solos acompañando a Silvio, o conozca sobre su debut Santa Leone, no tendrá duda sobre lo razonable que era acudir al Planta Baja para participar de su ceremonia. Porque para servidor, asistir a eventos como este supone un acto de fe más que justificado, un rito purificador que no podía perderme tras ser iniciado en el pasado Festival Territorios de Sevilla. Porque el disco Santa Leone es maravilloso, eso ya lo sabemos, pero en directo cobra vida propia adquiriendo un carácter indomable, una espontaneidad que le dota de la épica y la violencia necesarias (las justas, sin pasarse ni forzar nada) para estremecer al respetable. Así lo pude volver a experimentar en mi piel casi desde el primer minuto de su concierto.

Y eso que antes de comenzar tenía mis dudas sobre si la asistencia no iba a decepcionar, casi hasta el momento que la banda llegó a la sala no habría más de 20 personas dentro de esta. Por suerte la cosa se animó y el concierto se inició con una buena entrada. Y poco tiempo como digo le costó a los músicos caldear el ambiente y ponernos a todos en nuestro sitio, tras una intro instrumental acometieron sin pudor su adaptación de «Ione«, una de las piezas clave de su repertorio y de ahí al final todo fue un recital de profesionalidad, sentimiento y savoir faire.

Para Andrés Herrera seguro que fue una cita especial, no por por motivos extramusicales, que también, sino porque se nota que cada noche sube al escenario con la mejor de las voluntades, entregado y en estado de gracia, pero también agradecido y con buen humor (pese a reconocerse poco hablador, sus breves comentarios entre los temas tuvieron mucha risa). Capitanea la formación sin altivez ni aspavientos, entre él y Raúl Fernández, Pepe Frías, Paco Lamato y Roque Torralba todo son guiños, sonrisas y complicidad. La formación es sólida, monolítica, milimétricamente ajustada como reloj suizo y al mismo tiempo dinámica y natural, capaz de improvisar, estirarse y acentuar el protagonismo de cada uno de sus miembros según corresponda. Pero su fuerte se basa en la tripleta de guitarras, en su sobrecogedora potencia cuando disparan en la misma dirección o en sus atinadas combinaciones rítmicas cuando alternan cada una su sonido y posición, sin desmerecer el protagonismo de bajo y batería, confortable colchón sobre el que se asienta toda la banda y sin el cual nada sonaría igual de compacto.

Una tras otra fueron desgranando las piezas de su cancionero con majestuosidad, «Perché», «Santa Leone», «Luces Rojas» o las Silvianas «Las Criaturas» y «Tres Pasos hacia el cielo» son ya clásicos que el público celebra, pero ademá,s cuando el concierto iba tocando su fin nos dejaron caer perlas como el «Wipe Out» de los Ventures o un bis tan aclamado e inesperado como el «Rezaré» de Silvio (al que dedicó el concierto), que hizo que la Sala se viniera abajo definitivamente.

Nada importó la ausencia del teclista Julián Maeso, inmerso en su propia gira, ni se echó en falta la corneta de Kini, sustituida para la ocasión por el prodigioso silbido del propio AndrésUna vez más, la ceremonia fue exquisita y los asistentes salieron del «templo» con una más que satisfactoria sonrisa en la cara.

Veneno para el cuerpo y antídoto para el alma, como reza el libreto del disco Santa Leone.

Texto y fotografías por el Zorro de la Dehesa.

 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
error: Content is protected !!