Resulta paradigmática la capacidad de supervivencia que tienen ciertas bandas, irreductibles ante su compromiso con el Rock (and Rock, según Mark Arm). Excepcional es el caso del cuarteto de Seattle que nos ocupa dada la condición de ciudad maldita en la que se desarrollaró su carrera, nada menos que desde finales de los años 80. Mudhoney es el ejemplo más honesto de trayectoria sólida y coherente que ha dado toda su generación, aquella que algunos llamaron X. Hagan un esfuerzo, seguro que lo recuerdan. Sí hombre, estamos hablando de grunJe.

El espíritu del grupo desde su origen tuvo mucho más que ver con el garage-rock que cimentaron sus sexagenarios paísanos, los legendarios Sonics, y sobretodo con los mejores Stooges, que con la épica monolítica de Black Sabbath, admirada por sus coetáneos Nirvana y actualizada por Soundgarden y los primeros Pearl Jam.  La banda de Mark Arm, líder espiritual que superó su propia caricatura (y la mía) manteniendo el tipo con una garganta que sigue hoy tan infectada como el primer día, es un claro ejemplo de lo distinta que es ahora la ciudad del estado de Washington. La riqueza de esta ciudad, a la que en esta casa amamos de manera especial, ofrece una oferta musical tan grande y asequible que nos muestra lo lejos que estamos en todos los sentidos de los EEUU, pero lo mejor de todo es que sigue viva ofreciendo nuevas marcas de calidad (al amparo o no de Sub Pop). Entre ellas sobreviven nombres como Mudhoney, casi sin hacer ruido, tras casi 25 años a las espaldas en los que les sucedió casi todo lo que una banda puede esperar. Por suerte para nosotros y desgracia para sus bolsillos, nunca generaron tanto como para perderse entre millones de dólares, jamás perdieron tampoco el control creativo, ni siquiera cuando Warner Bros les echó el lazo, así que nunca se les fue la olla.

Junto a la característica voz de Mark, su escudero Steve Turner sigue disparando chorros de fuzz con el mismo olfato escuela Ron Asheton, riffs pesados y cabalgantes juegos en espiral, de esos que parecen alucinarse pero nunca pierden el veneno malsano que los hace inconfundibles. Ambos son capaces de liderar este proyecto con la misma independencia y actitud comprometida que les permite, al mismo tiempo, firmar discos sin mácula desde aquel lejanísimo debut, Mudhoney (1988, Sub Pop) y seguir flipando con la música a día de hoy como el que más. Hasta el punto de bajarse a ver el directo de su grupo telonero y, si hace falta, iniciar ellos mismos el pogo entre sus fieles. Bien lo sabe nuestro querido mED Vega.

Despachar en pleno 2013 una tirada de pelotazos tan afinada como “The Final Course“, “I Don’t remember You“, “Slipping away” y”Douchebags on Parade“, dardos ardiendo ironía y mala baba, supone toda una lección de testosterona y firme resistencia, no solo para sus compañeros de quinta (Soundgarden volvieron en una forma estupenda pese a su Julio Salinas particular, capaz de lo mejor y lo peor, el guaperas Chris Cornell, pero no queda mucho más) sino también para la mediocridad creativa de dinosaurios como los Stooges actuales o los mismísimos Rolling Stones. Vanishing Point es, como poco, lo que deberían hacer hoy ambos para seguir siendo creíbles. Para servidor esto más que suficiente para destacar el mérito de Mudhoney (completan el equipo Dan Peters a la batería y Guy Madison al bajo), porque sacarse de la manga el punk de “Chardonnay” pasados los cuarenta no merece otra cosa que quitarse el sombrero y brindar por ellos.

Reconozco que igual se me nota el plumero, pero es que siempre fueron una debilidad de entre todas aquellas bandas y ya van unos cuantos años y discos sin dejar de darme motivos de alegria. Con dos cojones!

Texto e ilustración por Zorro de la dehesa

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