Por más que digan por ahí que nuestro viejo amigo el rock and roll sigue vivito y coleando, uno, que va teniendo cierta edad, sabe que los tiempos de gloria quedaron ya muy, muy, muy atrás. Es necesaria pues la aparición de artefactos como este, pensados para fastidiarle el día a los oídos más acomodados, para que seamos verdaderamente conscientes de lo jodido que está el asunto también en esta materia, para que veamos lo escasos que estamos hoy en día del verdadero, sucio y turbulento, espíritu del rock and roll.

En nuestro país, tan dado a hacer propias las modas foráneas de manera torpe y tardía, podemos considerar milagrosa no ya la aparición en sí de este disco, que también, sino más aún la excepcional capacidad de emersión a la superficie aunque sea de forma viral en 2.0 para hacerse mínimamente visible en la insondable red de internet, desde el lodazal farragoso del que seguro tiene procedencia. Digo excepcional porque no se me ocurre a priori un proyecto más alejado de las coordenadas del hipe virtual, que ahonda en las alcantarillas del underground del rock más visceral y primitivo. Debemos por tanto estar agradecidos por tal hazaña (otra más) a nuestros mejores defensores de la guitarra rockera y sureña a nivel nacional, los gerifaltes de la disquera Happy Place. De no ser por ellos quién sabe si este Lp no habría sido condenado al ostracismo consentido o al aborto prematuro, ya que el engendro lleva más de dos años grabado (en La inagotable Mina de Raúl Pérez) y masterizado (nada menos que por Kramer) y sus propios padres, perfectos conocedores del mundo en el que lo habían de parir y presuponiendo de forma nada descabellada que su hijo no tenía ningún futuro, no sabían qué hacer con él.

Sea como sea, podemos disfrutarlo desde hace un tiempo en el propio Bandcamp de la banda y pedir una copia en obligatorio vinilo de 140 gramos por un precio más que razonable.

El disco se abre con «The Endless Night«, cavernosa pieza de monolítico y malrollero rock and roll con inflexiones aprendidas de The Scientists o los Stooges más psicodélicos y oscuros. Toda una bofetada en la cara cargada de mala baba y nocturnidad para empezar. Le sigue «She says«, un pildorazo de proto-punk al que le encuentro paralelismos con los primeros Drones o los Fall del incontinente Mark E. Smith. «Bad Vibes» y «Numbers» sacuden con cadencias repetitivas y malsanas, con la tensión a punto de saltar por los aires. Piensen en una combinación imposible de Michael Gira o el citado Mark E. Smith al frente de unos Stooges, que escupe sus frases como si fueran exabruptos del alma, deja asomar por cada grieta el hard-rock aceitoso de los 70 y juega a ser director de orquesta a la manera de Don Van Vliet época Doc At The Radar Station/Ice Cream For Crow. Suena a coña, ¿verdad? ¿y si les digo que son capaces de robar sin pudor unos versos del iniciático Safe as Milk del Capitán Beefheart en «Brand New Tornado» para llevárselo de farra al CBGB de mano de Suicide? ¿a que tampoco se lo creen?

De todos modos, hablar de referencias en el caso de estos 5 músicos puede convertirse en un laberinto sin salida, en una adivinanza con infinitas soluciones posibles, un juego absurdo en el que el receptor tiene todas las de perder. El guión, si lo hay, es básico y sólido, pero se desaprende para ser construído por puro instinto, registrado desde las entrañas con precisión y coraje. Si bien entre sus filas se encuentran Javi Neria, versátil guitarrista de trayectoria más que contrastada en la escena sevillana (del pop agridulce de Salieri al clasicismo velvetiano de los añorados Sick Buzos), su hermano Jaime (también en Salieri o Zico) a la batería, Selu Baños (The Sweethearts from America) al bajo, Ernesto Ojeda a los teclados y sintes y Emilio R. Cascajosa, encargado de las voces y las percusiones en vivo, verdadero líder y frontman sobre el que se asienta la personalidad del proyecto (además de reputado crítico musical y promotor de conciertos).
Con tal plantilla uno nunca pondría la mano en el fuego sobre hasta que punto cada detalle es homenaje, robo o combustión espontánea. Desde luego lo que está claro es que no hay rastro de impostura. Si alguno duda de la credibilidad de la banda solo tiene que acercarse a uno de sus asfixiantes e intensos directos. Poca broma.

«Liar» es otro buen ejemplo de esta combinación exacta de elementos: ¿Suicide fundidos con The Fall? ¿He oído por ahí los Birthday Party? ¿Quién da más? ¿No podrían haber firmado «Right Now» los Black Angels vía Black Sabbath? Poco importa, a estas alturas uno está convencido de que Miraflores son solo otro eslabón de la misma cadena. En «Shake the pressure» recuperan de nuevo el espíritu Stooge con pulso y tino, con incendiario wah wah incluído, y yo me pregunto ¿cuántas bandas intentan emular a todos estos nombres sin caer en el tópico? ¿cuántos son capaces de ser personales pese a conjugar tal cantidad de influencias?

Señores, dejénse picar por el veneno enfermizo de Miraflores y olvídense de todo lo demás. Solo adéntrense en esta maravilla infecta y disfruten.

Si quieren el vinilo la casa Más Truenos se lo pone fácil, sólo tienen que estar atentos a esta pantalla.

Texto e ilustración por Zorro de la dehesa 

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