Hace cosa de un año leía una anécdota sobre nuestro protagonista de hoy, Willy DeVille (nacido William Borsay, en Stamford, NY, en 1950), en un grupo de facebook dedicado al gran Oriol Llopis -quizás el autor y periodista rock más auténtico de nuestro país-, en el que el propio Oriol (que bien merecería una entrevista por nuestra parte) y su compañera Maria A. Dieguez van insertando extractos de textos, publicados previamente o no, donde queda patente la solera del escritor, a años luz de los rock critics actuales. En aquella ocasión, se narraba una sesión de entrevistas de la prensa europea con el neoyorquino tras un concierto de Mink DeVille en Londres. En un momento de la charla, un inconsciente becario de la revista Popular 1 se atreve a preguntar al escuálido DeVille si se considera un punk, a lo que el músico responde, no sin antes palidecer por tan desacertada aberración, con una elegancia y savoir faire dignas del más distinguido de los gentlemen :”Yo soy el tipo de hombre que si no puede entregarlas en mano, manda por correo un ramo de rosas rojas a su mujer

No se me ocurre mejor forma de definir la esencia de Willy y sus Mink. Porque su presencia en el legendario CBGB’s no era casual, vale, hay en la música de los DeVille un carácter transgresor, urbano y (auto-)destructivo que les emparenta sin duda con aquella escena punk de NYC, pero realmente su espíritu tenía origen en la música popular de los 50, la que conquistó los hogares norteamericanos (incluidos los de clase trabajadora como la suya) antes de que el rock and roll hiciera su aparición en escena. Porque Mink DeVille, definitivamente, eran otra cosa.

Formados en San Francisco y asentados en New York a mitad de 1974, Mink DeVille bebe de esas fuentes clásicas, casi anacrónicas a esas altura de la década: The Platters, Ben. E. King, Phil Spector. The Drifters, Nat King Cole, John Hammond, Edith Piaf, toda la corriente pop de los 50, el doo-woop, del primitivo rock and roll al soul pasando por la música latina o el rhythm’n’blues. Pero también es innegable el influjo que produjo en su música el proto-punk de los Stooges, la Velvet Underground o Kim Fowley.

Esta mezcla, natural, sin cortar, única, es clave para entender la trascendencia de la banda más allá de géneros y épocas, la que hizo eterno el nombre de los Mink y con ello, el de su líder y autor principal. Un irresistible e ingenuo magnetismo pop al que añadían la dosis justa de urgencia venenosa. Con esto, tan complejo de conseguir como fácil de contar, tenían la mitad del trabajo hecho, y aún así, en 1977, la cosa no había hecho más que empezar.
Si a esto le añadimos una impactante puesta en escena (ver a una panda de gypsies tocando rocanrol vestidos con impolutos trajes a medida es, cuanto menos, llamativo), el talento de Jack Nitzsche en busca del arreglo oportuno y sus brillantes y afiladas interpretaciones, conseguiremos un cóctel altamente inflamable y adictivo, sólo posible con la presencia y el carisma de Willy al frente. Porque Mink DeVille era, principalmente, Willy, verdadera alma y genio de la banda en la más auténtica y peligrosa tradición del género del demonio.

Los temazos de su debut, himnos urbanos por excelencia, se suceden sin concesión: “Venus of the avenue D“, “Mixed up, Shook up girl“, “Little Girl” (maravillosa revisión del clásico spectoriano), “Gunslinger”, “Cadillac Walk”, la incontestable “Spanish Troll” o mi favorita, la soulera, “Can´t do without it”.

Como la música habla por sí sola y yo ya me he extendido lo suficiente, me despido haciendo mía una cita que leí a tenor del Marquee Moon de Television: llamar punk a Willie DeVille es como decir que Doctoievski era un autor de relato corto.

Imprescindible, como su continuación Return to Magenta.

Texto e ilustración por Zorro de la dehesa

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