El debut literario de Miguel Ángel Medina (Jun, 1982), bien podría parecer un despropósito excesivo. Una frenética sucesión de desventuras que su protagonista, el pobre Med Vega, va capeando como puede, unas veces con más y otras con menos acierto.

puta vida

Decía Harry Crews que sus relatos no eran más que una sarta de mentiras utilizadas para contar una verdad gigante. El libro de Miguel Ángel Medina tiene algo de eso porque, más allá de detenernos en valorar qué es verdad y qué es mentira, cuánto es literal y cuánto ficción, esta suerte de autobiografía el futuro lector debe saber que probablemente lo más inverosímil ocurrió de verdad y lo más anodino y factible tal vez ni tuvo lugar— no es sino una suma de actos diminutos necesarios para vislumbrar esa conclusión universal que se desprende de la obra.

“No vas a aprender en tu puta vida” es, por encima de todo, un canto al amor verdadero

Y es que “No vas a aprender en tu puta vida” es, por encima de todo, un canto al amor verdadero. Y si no, al menos sí lo es a la constante búsqueda de este. A levantarse una y mil veces tras cada caída. De hecho, si algo sabe Med (o Miguel Ángel para el caso) es que de cada fracaso, rechazo o tropiezo como poco se saca una buena historia. Si no que se lo digan a gigantes del Stand-up comedy como Louis C.K., Bill Hicks o, quien prologa este “No vas a aprender…”, Ignatius Farray.

Además de lo anterior “No vas a aprender en tu puta vida” es un despiporre de sexo, drogas y rocanrol. Pero ojo, no esos sexo, drogas y rocanrol del tan traído y llevado eslogan. Porque Med Vega no es más que un melómano empedernido y enamoradizo. Acaso una suerte de anónimo rockstar al que su corazón, cabeza —o, ejem, polla— le pierden algunas veces. Otras ocasiones será su incapacidad para decir que no la que acabe metiendo al muy cabrito en unos líos de órdago.

“No vas a aprender en tu puta vida” puede servir también para trazar un itinerario musical

“No vas a aprender en tu puta vida” puede servir también para trazar un itinerario musical con el que el relato cobra una dimensión extra, ya que Medina apenas disimula su condición de coleccionista y crítico musical. La ilimitada cantidad de citas, crónicas y comentarios musicales —y no musicales— pueden no solo arrancar carcajadas a sus afines, sino también generar lazos de complicidad generacional con aquellos que hoy nos sentimos huérfanos de la incorrección política.

De la sabiduría popular aprendimos que “cada cual debe gestionar su propia tragedia” y de Los Soprano que “moriremos en nuestros propios brazos”. Miguel Ángel ha decidido hacernos partícipes de su tragedia y de alguna manera, estoy convencido, compartiendo con nosotros la historia de Med Vega, consigue que su existencia cobre algo de sentido.

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