Si algunas etiquetas son para echarse a temblar, ante aquéllas que llevan delante el prefijo «post» es mejor salir corriendo. El rock tampoco ha sabido librarse de una denominación tan indeterminada capaz de generar todos los significados que se desee. El término «post-rock», creado por Simon Reynolds a mediados de los años noventa, sin embargo, contiene en su vacuidad su propia y terrible ¿virtud? (que suena a bíblica advertencia): el reino musical fundado por Elvis Presley ya nada nuevo tenía que ofrecer y solo valía aferrarse a patrones pretéritos para repetirlos con mayor o menor gusto, mayor o menor acierto. El crítico pliega las velas, se rinde ante la evidencia e intenta disimular el desastre con neologismos abstrusos en su simpleza. ¿Intenta el crítico salvar el rock o su culo? ¿Estamos, por lo contrario, ante un caso de incapacidad (o falta de riesgo) léxica? ¿No será que se esquiva el análisis del objeto particular con la pretenciosa afirmación de que el rock ha muerto?

No lo esquivaremos aquí e iremos al grano. Tercer disco de Manta Ray, primero sin Nacho VegasEsperanza (2000) es, en teoría, un álbum de un grupo de post-rock. Incluso admitiendo que dicha etiqueta sirva, según la Wikipedia, «para describir el sonido de algunas bandas de rock que utilizan instrumentos propios del rock, pero incorporando ritmos, armonías, melodías, timbres y progresiones armónicas que no se encuentran dentro de la tradición del género«, hay cientos de ejemplos que prueban que ese post-rock corre en paralelo, prácticamente, a la historia del rock, con lo que atándonos a esta acepción concreta vemos también —así de triste y radical— que es falsa y no sirve para nada. Escuchemos, pues, los sonidos de la banda asturiana, coproducidos por Kaki Arkarazo, y veamos qué nos ofrecen.

Rita

«Rita» abre en forma de instrumental lo que se percibe como una consolidación definitiva. Por muchas vanguardias noise, kraut o electrónicas que lo alimenten, Manta Ray vende un producto que tiene copyright estético y que solo el grupo fabrica. «Soy quien no fui» sigue transitando parajes esperanzadores que confirman y aumentan lo conseguido gracias al excelente y anterior Pequeñas puertas que se abren y pequeñas puertas que se cierran. Y por primera vez, si no me equivoco, nos muestra a la banda cantando en castellano. «La vida continua (zu gabe)» es otro instrumental subyugante al que se yuxtaponen las notas enfermizas pero adictivas de Esperanza. Tanto ésta como «Nachtfrost «—en parte por el piano de Xaime González Arias— recuerdan inevitablemente a David Bowie (no sólo el de finales de los setenta) y a Brian Eno. Frente a estos cinco primeros temas tan atmosféricos —guitarra, batería y bajo conviven con loops, ambientes, samples, micromoogs, bases, premezclas, etc.—, «The Dirty Blues», «If You Walk…» y «No me dicen nada» —sin abandonar en absoluto el sustrato experimental— representan el lado más roquero, guitarrero (o cercano a «la tradición del género», como decía la Wikipedia) del conjunto gijonés, en el que se cuela un sample espectral del gran Robert Johnson. A estas alturas —mientras calificamos a «The Ground Is Wet» como rock industrial, incurriendo quizá en contradicción de la que somos conscientes— ya podemos afirmar que estamos ante un trabajo espléndido, pero los más de diez minutos de «Cartografíes» (divididos en tres partes, «Mi», «Última» y «Esperanza») catapultan al álbum, en mi opinión, a la más alta cota artística, dejando que la emoción de un crescendo sobrecogedor ponga el mejor de los colofones posibles.

Los más que dignos Estratexa y Torres de electricidad completarán la discografía de Manta Ray —a la que hay que añadir colaboraciones imprescindibles con Corcobado y Schwarz— antes de separarse en 2008, pero no superarán la obra que ha quedado como santo y seña —justo a la mitad del camino— de la idiosincrasia de un grupo que hizo rock a su manera, sin prefijos (o sufijos) que solo valgan de adorno gratuito. No hay ninguno en Esperanza, y aunque pueda estar de más, terminamos confirmándolo.

Cartografíes

Texto por Gonzalo Aróstegui Lasarte.
Ilustración por Zorro de la Dehesa.

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