Las letras de Sabino para el Loco fueron el germen de célebres clásicos del rock español por una razón simple. Sabino Méndez componía las mejores canciones posibles para Loquillo, porque quería ser Loquillo. Proyectaba en cada estrofa al personaje idealizado por él mismo a sabiendas de que jamás podría llegar a ser la “rock and roll star” que Loquillo encarnaba a la perfección. Nada parece quedar de aquello en las nuevas letras de Sabino para el Loco en La Nave de los Locos; seguramente porque son letras post-trogloditas (algunas no) escritas por Sabino para Sabino, sin tener en cuenta la figura de Loquillo. Pero mira tú por donde…aquí están de nuevo los dos, juntos. Lo anterior no obvia que el Loco deje de ser consciente de que Sabino fue el autor intelectual del boom de los Trogloditas. No sólo fundó la banda mientras el Loco prestaba el servicio militar en la marina, sino que Loquillo sigue cerrando los conciertos con “El Rompeolas”, “Rock and Roll Star” y  “Cadillac Solitario”.

La Nave de los Locos reluce porque está a estreno, pero el Loco lleva surcando los mares del rock and roll desde hace más de tres décadas, con más de dos millones de discos vendidos en el camino, y varias tripulaciones comandadas a sus ordenes: la de los Intocables, la de los Trogloditas, y desde hace unos años, la que podríamos denominar de los Locos.

Este nuevo disco recién salido del horno, se circunscribe dentro de la etapa adulta de nuestro personaje. Y hay algunas cuestiones del pasado, de gravedad indiscutible, que hay que mentar para atisbar los detalles de lo que ha venido siendo el devenir de los últimos discos de Loquillo, y La Nave de los Locos, en particular. Muy en particular, por lo que significa emocionalmente para los seguidores de Loquillo y los Trogloditas.

Lejos quedan ya los años salvajes de la movida cuando los troglos huracanaban y arrasaban escenarios, y atrás quedan ya los tiempos de rock and roll como forma de vida, la juventud que jamás volverá, “las drogas que abrazamos con pasión” (Sabino Méndez), y la locura de las macrogiras a finales de los 80 y comienzos de los 90 , que llegaron a ser de 180 bolos al año en alguna ocasión. Sabino Méndez manejaba aun las riendas de la composición de las letras para la banda (hasta 1989). Todavía era el teniente de alcalde de Loquillo, pero cuidado, le disputaba el puesto de capo de la banda. La colisión de egos se hacía absolutamente insostenible, el reparto de la pasta saltaba a la palestra, los desencuentros del Loco con la prensa especializada de Barcelona, que respaldaba a Sabino Méndez tenían al Loco encabritado, y la adicción a la heroína de Sabino, terminaron por hacer estallar todo por los aires. Méndez dejó la banda en 1989 para desintoxicarse de la heroína, después de caer del escenario en un concierto debido a que iba como una pianola, más morao que una berenjena. No sin antes participar en la grabación del glorioso A por ellos… Que son pocos y cobardes, grabado en la sala Zeleste de Barcelona. Respecto del cual Loquillo dijo: “Hice ganar mucho dinero a la compañía de discos con aquel disco; se hizo con muy pocos recursos. El éxito nos superó, dejó al grupo al borde de la desaparición. Comprobamos en propia carne que un grupo vende más cuando más acabado está”.

El punto de inflexión había tenido lugar. ¡Ojo! Entra en escena un personaje clave: la persona que muestra al Loco la cuarta dimensión; la de su potencial y posibilidades musicales más allá de su fuerza como frontman, la persona que le abre al Loco las puertas de la dimensión de la sensibilidad y el contexto más poético de la música, aparte del rock and roll. “Yo siempre lo llamo el Ángel Gabriel, bajó del cielo y puso orden” dice Loquillo en su documental Loquillo, leyenda urbana. En el cual, Sopeña decía que cuando él entro en el estudio, lo que percibió era un fórmula uno sin piloto, con Loquillo, como timonel de la banda, absolutamente desbordado. Decía Sopeña en el documental, que Loquillo había estado siempre a la sombra de Sabino Méndez. Que tenía el estigma de ser el simple intérprete de la banda, y la carga de tener la gran sombra de Sabino Méndez como compositor. Que la sombra de Sabino Méndez era demasiado alargada para él. Que el Loco también quería contar cosas.

Los discos Con elegancia, y La vida por delante, alejados de la ortodoxia rock, musicando poemas, y bajo el mando de Gabriel Sopeña, son para mí lo que podría ser la apertura a un nuevo mundo sin cadenas para el Loco, un universo libre para expresarse, paralelo a lo que comenzaba a ser una losa muy pesada para Loquillo: Los Trogloditas. Con los que continuaba rodando y grabando, intercalando ambas facetas por decirlo así. Loquillo ya había comenzado a “Brillar, y brillar”, pero con luz propia.

Jaime Stinus, vendría a ser la penúltima pieza fundamental en el puzle de la época de madurez musical del Loco, junto al cual comienzan su andadura musical en el año 2000 con la grabación de Cuero español, producido por el propio Stinus. “Las primeras veces que hablamos de trabajar juntos, yo le dije: Yo no sé chico, pero yo quiero trabajar contigo como productor porque eres el cantante que mejor coloca el pie encima del monitor en directo con el micrófono. Pocas veces hablo yo de notas y tal. Hablamos más de sentimientos y de emociones a la hora de trabajar…” Son declaraciones de Jaime para “Loquillo, leyenda urbana”. Con esos mimbres, Stinus tenía ya en mente el proyecto o la intención de en tres o cuatro discos, unificar las incursiones de Loquillo en la poesía o canción de autor, con su experiencia en el Jazz a partir del disco 9 Tragos. Historias y leyendas en Madrid, ciudad la de este último disco, que merece un ensayo a parte.

No nos vamos a olvidar del irreverente y desbordante, pero no menos brillante Igor Paskual, azote de “poperos de radiofórmula e indies feos y advenedizos; ¡qué feos y aburridos son los muy hijos de puta!”. En noviembre del 2000, Babylon Chat con Igor Paskual a la cabeza, telonearon al Loco en la Sala Macumba. Cuando la banda de Igor salió al escenario, el público empezó a corear el nombre del Loco, solicitándolo. «Estáis esperando a un tipo muy largo, pero yo os voy a dar algo que también es muy largo» gritó un tipo disfrazado de glam rocker. Era Igor Paskual, claro. Pero más interesante parece ser que fue cuando los dos guitarristas de la banda se dieron un morreo, y los fans más carcas de los trogloditas comenzaron a silbar. Esos mismos que decían que el Loco se estaba amariconando cuando sacó a la luz los discos de poesía. E Igor les respondió con un «No sólo me voy a tirar a vuestras madres y vuestras hermanas pequeñas. Lo mejor es que me lo haré con… vuestros hermanos pequeños«. Y al parecer, eso, al Loco, le encantó. Tanto que Igor no tardó mucho en entrar en los trogloditas, que lo miraban con malos sojos.

La despedida oficial de Loquillo y los trogloditas se produce en el año 2007, y se produce con premio gordo: teloneando a los Who y a los Rolling Stones en sus respectivas giras por España. Ahora Loquillo comenzará una nueva era en su vida musical. Una andadura en la que podrá desplegar su potencial más allá de lo que en un principio era un horizonte limitado por las sombras que hemos ido analizando a lo largo de estos párrafos. De este modo, surgirán los discos de estudio Balmoral en el año 2008, Su nombre era el de todas las mujeres en 2011, y por fin, La nave de los locos, en 2012.

Con La nave de los locos, el Loco se aleja de Luis Alberto de Cuenca y de toda esa retórica demodé de libre-pensador transgresor que impregna algunas canciones de Su nombre era el de todas las Mujeres, el penúltimo disco de estudio del rocker. Este es un disco de rock, y de reconciliación con la calle, que aportará una flamante hornada de canciones macanudas a los conciertos de José María Sanz de aquí en adelante..

La canción inicial que da nombre al nuevo disco es una declaración fundada de pertenencia a la clase media y trabajadora del país, que cierra el círculo de manera furiosa y con desfachatez entorno al rock and roll, como vía de escape a los males extremos de la crisis económica que asola nuestras vidas. De ahí que el single “Contento” se recree en una letra que induce a evitar la amargura causada por la depresión económica, pero balanceándose entre la resignación que causa la impotencia, y la asimilación de que el camino de la ineptitud rueda por las carreteras de intentar solucionar problemas al respecto de los cuales uno no tiene la llave. “Y en el claro de luna se citan los monstruos. Y es feliz en su mentira a quien duele la realidad. Nos vamos a encontrar. Borra si es que puedes mi sonrisa de la cara. Prueba, no lo lograrás. Contento”.

Paseo solo”, y “Mi bella ayudante en mallas” vienen a dar al disco el toque perfecto de sensualidad, y balanceándose entre la lubricidad y el sosiego inquieto, no es una casualidad que estos dos temas tomen partida en el asunto justo en el ecuador del álbum. “Puedo escuchar el tiempo en ti. Puedo poner nombre a los días junto a ti. Las vísceras pequeñas las devoran con tan gran facilidad. Lustrosas, plateadas, las siente en la garganta palpitar. El tuétano dulcísimo que vive en las palabras entra en ti.

Mi canción preferida del disco es “De vez en cuando y para siempre”, que da nombre a la nueva gira de Loquillo, y no es casualidad ni por asomo esto último. Es ponerla a todo decibelio, y visualizar la típica imagen del loco sujetando el micro por la parte de arriba del soporte, balanceando la pierna derecha, y con la cara esa que pone de fanfarrón perdonavidas… como diciendo -eh, soy Loquillo, y sé que en este país soy el mejor encima del escenario-. Desde el comienzo, y hasta el final, esta canción es una inyección musical de adrenalina y de “rock suave” que viaja en el piloto automático de ser la rehostia de cabo a rabo.

Se trata de un disco que podríamos clasificar casi como de disco temático; y en sintonía con tal circunstancia, “Planeta Rock” vira desde el desconcierto inicial que genera la desesperanza del día a día hasta el delirio como subterfugio, abrazando la mítica rock nuevamente como escapatoria de la incertidumbre y el tedio. “Abriros a vuestros sueños, abrazad ese lugar, vuestro viaje es tan fugaz, quizás en esta orilla, se permita vislumbrar lo que es la eternidad.

Con “Luna sobre Montjuïc” es preciso hacer un alto en el camino, pararse, y disfrutar de esta canción que para mí es maravillosa y poética. Al escucharla varias veces, me dio la impresión de que se trataba de un déjà vu de «Cadillac Solitario«; trasladando el escenario que da forma a la canción, del Tibidabo hasta Montjuïc. Cuando la escuché por primera vez, hubiera jurado que se trataba de una reedición del súper clásico. Después descubrí que la letra data de mediados de los 80; letra que se mece sobre la brisa del mar, y que cuenta una historia de desamor, con la poética de las noches de verano, y con el parque de atracciones de Montjuïc como telón de fondo.

El disco se despide con una “Canción de despedida”, que tiene un estribillo adhesivo, picaruelo, y una melodía agradable, con Mikel Erentxun como invitado para la ocasión. Es un tema que deja un regusto satisfactorio, como el sabor que deja el postre después de una velada interesante. Es una canción de despedida con chica bella, pecador, pechos, guiños, “y si os consuela, llamadle amor!”.

Contento

Texto por Wasp Jurado.
Ilustración por Barce.

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