Otro disco digno de mención que nos faltaba por comentar en este extraño 2012 es el nuevo de Leonard Cohen, Old Ideas.

Difícil tarea la de escribir sobre un autor tan respetable y venerado, conforme más se acerca uno a su música más duro se hace estar a la altura, más pequeño se siente el que firma. Cuanto más crece mi admiración por el cantante nacido en Montreal menor es mi perspectiva para abarcar su obra.

Aún así, trataré de ser honesto partiendo de mi propia historia con el maestro Leonardo. Porque todos, o casi todos, tenemos una historia personal con Leonard Cohen.

Mi historia empieza en una habitación. Hay poca luz y el cenicero se ha convertido en una suerte de tozudo donde se ponen en juego la habilidad y el equilibrio, los susurros que salen del estéreo se confunden con caricias, la soledad se comparte y el mundo es un lugar hostil, al menos más allá de las ventanas.

Amor, dolor, odiar y necesitar a alguien al mismo tiempo, jugar a perder y ganar una lección que nadie ha reclamado. El sadismo y la piedad son sentimientos subjetivos aquí dentro. Es una voz profunda la única que parece entender lo que siento, tanto en la felicidad como en la más cruel de las desdichas. El pasado se ha convertido en una brumosa alucinación, el recuerdo amargo de aquello que te encogía el estómago y aquel escalofrío que te recorría hasta hacerte inmóvil extrañamente no duelen ya. Todo parece haber sucedido en una vida anterior. No era yo, o mejor dicho, no éramos tú y yo. Quizás sea cierto, aquello fue en una vida anterior.

Leonard bien sabe que hay varias vidas, él las ha ido quemando todas, canción a canción, cigarro a cigarro. Conoce como ningún otro los rincones de la soledad, sabe que desde la distancia y la sombra es más fácil ser clarividente.

Sólo son un puñado de canciones, dirán. Claro, pero son inmortales, únicas.

«Suzanne«, «Chelsea Hotel«, «So Long, Marriane«, «Bird on the wire«, «Dance me to the end of love«, «I’m Your man«, «The Future«, «Master Song«, «The Partisan«, «True love leave no traces«, «Hallelujah«, «First we take Manhattan«, «The Sisters of mercy«, «The tower of song«, «Take this waltz«, «Ain´t No cure for Love»… y tanto que no hay cura para el amor.

Debe ser duro hasta para alguien como él sobrevivir a ese legado y enfrentarse al papel en blanco. Ya llevaba muchos años sin escribir material de nivel y tampoco era necesario que volviera a hacerlo, menos después de haberle visto en directo en el concierto más emocionante, bello y triste que hayan visto mis ojos.

Pero esa historia la contaré otro día. Vamos pues a lo que vamos, que el protagonista aquí es Leonard Cohen y un Old Ideas en el que vuelve a estremecer como sólo él sabe.

«Amen«, segundo corte del álbum, es una verdadera obra maestra que por si sola justifica la edición de este trabajo, una auténtica oda a la nostalgia de 7 minutos y medio. «Tell me again when I’m clear and sober, tell me again when I see through the horror, tell me again, over and over, tell me that you love me then. Amen, tell me that you leave me then. Amen«.

Vello de punta, joder. Pocos como él expresan así el amor y el desamor, como una memoria lejana, difusa, dolorosa, necesaria. Dime que todo aquello fue cierto y verdadero, parece querer reclamar.

Tampoco abundan los artistas que son capaces de poseer una marca propia o libro de estilo. Podemos decir que Cohen, con sus escasos tres acordes conocidos, a lo sumo cinco (como bromeaba él mismo no hace mucho), crea un universo único perfectamente reconocible a primera escucha. «Going Home» y «Show me the place» son perfectos ejemplos de ello, la primera abre el disco con su habitual tempo pausado, el lirismo de un precioso violín apuntillado por el teclado y su personal e intransferible voz susurrándonos con sarcasmo «I love to speak with Leonard, He’s a sportsman and a shepherd, He’s a lazy bastard, Living in a suit». Genial. Y es que si hay alguien que tiene derecho a no tomarle en serio es él mismo. En «Show me the place«, por contra, suena triste y cansado, preguntando por un lugar que ya le pertenece en exclusiva, el del amante incondicional, «Había cadenas, así que te quería como a un esclavo«. O la tremenda balada acústica «Crazy to love you«, terreno en el que nada como ningún otro desde su mítico y lejano debut, ofreciendo unos versos sublimes, reales como la vida misma. Imposible no relacionarla con la traición que sufrió por parte de su ex-compañera y representante Kelley Lynch: «Debí de estar loco para amarte, debí dejar todo caer, debí ser la gente que odiaba, debí de ser nadie en absoluto«

El canadiense además comparte con otro gigante, el señor Waits, la facilidad de apropiarse de la tradición del blues o el gospel («Darkness» y «Banjo«) y filtrarla con un tamiz europeo, aunque de modos bien distintos. Qué más da, si el Mississipi y el Sena lucen igual de bellos bajo su tenue y azulada luz.

Y así podría seguir, excrutando una a una las 10 viejas ideas del disco, pero me parece suficiente e innecesario llegado a este punto. Old ideas se convierte en otra pieza cumbre, esperemos que no la última, de una carrera espectacular. Y es que Leonard Cohen siempre ha sido un perfecto y fiel compañero de viaje, un talento insólito a la hora de expresar las grandezas y miserias del ser humano, un artista único transmitiendo sentimientos y emociones, siempre revestidos de arrebatadora belleza.

No podemos desde Más Truenos más que desearle salud, que a sus 79 añazos siga repartiendo sabiduría y buenas canciones. Y que regrese por nuestras fronteras para departir otra master class de arte efímero sobre un escenario.

Texto e ilustración por Zorro de la dehesa

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