Julián Maeso y su banda pertenecen a la categoría de músicos con alma. De otro modo no se explica que convirtieran en éxito el concierto más accidentado de la presente edición del Festival de la Guitarra de Córdoba y el más difícil de salvar que hayan visto mis ojos en un evento programado para músicos profesionales. No culparé al vergonzoso equipo de sonido (de local de ensayo), ni a la actitud e inacción del técnico, tampoco hablaré del retraso del comienzo del concierto (casi dos horas después de la programada), ni siquiera de los ineptos (pocos) e irrespetuosos borrachuzos que iban de concierto como el que va a una verbena de feria. Solo me ceñiré a la actitud y empeño de unos músicos decididos a dar sentido a una noche que pareció precipitarse hacia la tragedia en más de una ocasión.

Los que estuvieron en el Ambigú de la Axerquía de Córdoba podrán dar fe que lo vivido la pasada noche del 3 de Julio fue algo único, irrepetible e inolvidable.

El concierto empezó algo apático. Advertimos en primer lugar que el batería de la banda no era el habitual, Roque Torralba (Pájaro) ocupaba el lugar del siempre elegante Antonio Pax detrás de los tambores porque este había enfermado esa misma mañana. La banda iba acoplándose poco a poco con uno de esos medios tiempos (no me pregunten cuál) que comienzan a bajas revoluciones, perfecto para iniciar el concierto. Conforme los músicos iban cogiendo temperatura el público respondía mostrando su más respetuosa atención, expectante ante un directo que se presumía a priori impecable.

El accidente vino a continuación, cuando, al poco de subir un escalón de intensidad se produjo el primer apagón de todo el equipo. A un sentido «¡Ohhhh…!» por parte del respetable siguió el parón pertinente. Hasta aquí todo relativamente normal dentro de unos límites comprensibles de adversidad para la paciencia humana. El problema fue que reanudaron la canción dos veces más y otras tantas se repitió el apagón, con calambrazo incluido para el propio Julián, justo cuando todos parecíamos olvidar lo sucedido y nos empezábamos a dejar llevar por la excitación.

Julián se retiró con una cara de cabreo más que lógica y el resto de su banda le siguió después de abastecerse de líquidos que rebajaran el nivel de tensión. El público estaba desolado, todos comentábamos la jugada y nos temíamos lo peor. Llegado este punto, fuera o no culpa del hammond o del paupérrimo equipo de voces, cualquier otro músico habría desistido. Conozco a muchos que por menos de eso se negarían seguir actuando, estoy convencido, desde mesiánicos intocables de la Movida a indies de medio pelo. El ego, el orgullo, la falta de recursos y las ínfulas de grandeza harían acto de presencia y convertirían tan caótica y desconcertante situación en la excusa perfecta, absolutamente justificada eso sí, para cancelar el evento. Yo mismo pasé por una situación parecida con mi propia banda y habría comprendido ese comportamiento.

Pero no, Julián Maeso está hecho de otra pasta. El orgullo le hizo por contra dar un paso al frente, tirar de tablas, de talento y recursos para colgarse la guitarra, apartar el hammond y defender su repertorio hasta el punto de hacernos olvidar que su instrumento dominante no eran las seis cuerdas. Porque ¡vaya seis cuerdas! Sabía que Julián había compuesto parte de su repertorio con la guitarra pero jamás imaginé que podría ver un concierto suyo sin echar de menos las cálidas texturas de su teclado. Decir que aquello fue impresionante es quedarse muy corto, hizo honor al nombre del Festival tocando la guitarra como si fuese uno de los platos fuertes de la presente edición y la noche, como vaticinó el propio Maeso, acabó muy pero que muy bien.

El intercambio entre público y músicos en un concierto de tales circunstancias alcanza un nuevo estado emocional. El público se sitúa en un plano más cercano, más comprensivo; la empatía con la banda le permite compartir nervios, risas, aceptar ciertas imperfecciones a cambio de admirarse de manera mucho más apasionada con otros detalles brillantes en la interpretación. Así, las palabras de canciones como «It’s Been A Hard Day«, «Who needs what«, «Men & Ladies«, «You’d Better not hurt me again«, «We can’t keep on waiting for good times to come» o «Through an early Honeymoon» cobran un sentido extra en casos así, y a servidor le pusieron la piel de gallina.  Uno se quedaba con la boca abierta con un batería que, aprendidas las canciones en ese mismo día entre el trayecto de Sevilla a Córdoba y la propia prueba de sonido, se permitía el lujo de lucirse con matices cazados al aire, cerrando los temas con una solvencia y exactitud deliciosas (cualquiera que conozca un poco la música de Maeso sabe que está un par de pasos más allá de convencionalismos y clichés); con unos duelos improvisados de guitarra que parecían por momentos preparados (en «Someday Maybe Someday» hasta creí estar frente a los mismísimos Crazy Horse), diálogos perfectos entre la exquisitez jazzy de Pere y el imprudente folk del delta de Julián. Mención aparte para el bajo de Paco Cerezo, con una pulsación cargada de groove y un sonido mate soulero que cada vez me parece más maravilloso.

No diré mucho más, conforme iban desgranando temas de su One Way Ticket to Saturn, disco fabuloso que a mí me ha ido conquistando despacio con cada nueva escucha y del que escribiré en breve, y las de su para mí soberbio Dreams Are Gone, cada uno de los allí presentes se acabó rindiendo ante la evidencia. Hasta el más incrédulo, un fan de Satriani que no sabía ni a quién iba a ver, que desistió entre sus intentos de flirteo con las féminas para sumarse a los más entregados.
Julián se creció, contagiado por la exaltación general, y en mitad del blues «Bye Bye Baby Goodbye» (con espectacular fingerpicking como intro) volvió a sentarse al hammond que esta vez sí le respetó y nos proporcionó unos minutos de absoluto éxtasis en forma de jam. Por si esto fuera poco nos regaló un inesperado «What’s going on» de Marvin Gaye a medias con Torralba a la batería que nos supo a gloria. Cerró la sesión de manera incontestable con «Little by little» y un «One way ticket to saturn» negro como el cielo cordobés.

Además, previamente y como anécdota particular de la noche, en «Missing but singing II» el toledano nos hizo partícipes de un call & response que se convirtió en mágico cuando invitó al escenario a una espontánea, que resultó ser una persona muy especial para mí, de nombre artístico Mary Joe (búsquenla en Youtube) para convertir definitivamente la noche, que parecía de esas dignas de olvidar, en algo que difícilmente olvidaremos en el resto de nuestras vidas.
Lo dicho, Julián Maeso y su banda están hecho de otra pasta.

Contemplando a mi derecha el enorme anfiteatro de la Axerquía que pocos días antes habían petado los madrileños Vetusta Morla me repetía a mí mismo lo injusto que puede llegar a ser este circo del rock and roll. O quizás no. Porque puede que lo sucedido esa noche sea una de esas pequeñas historias que sumadas hacen grande a un artista, que lo convierten en leyenda. Quizás aquello no mereciera ser disfrutado más que por una minoría, la que esperó pacientemente hasta el final del concierto, los que realmente se dejan la pasta en discos, la gente que concibe esta música como un modo de vida más allá de una bso en el iphone, la que está dispuesta a perder la razón y el viaje de vuelta a casa para quedarse charlando con los miembros de la banda…

Texto e ilustración por @Zorro de la dehesa 

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