De pura casualidad, a días de terminar el pasado año, tropecé con Durante el Fin del Mundo, último disco Ross, acreditado esta vez a Juan Antonio Ross. La historia de este veterano músico (Todos y la Chica, La Guardia Roja, Rumor), murciano de adopción, ha estado lacrada constantemente por la mala suerte. Formaciones poco constantes y fugaces, miopes discográficas y fugas de músicos (Second, Schwarz) han otorgado a lo largo de los años a Ross el dudoso honor que entraña ser músico de culto, adjetivo este, utilizado con total ligereza y, generalmente, falta de criterio musical, para designar a chufas de indie español.

Juicios aparte, reconozco cierta predilección por las sonoridades de los murcianos desde aquella edición del Festimad de la primavera del 98 (la de la primera actuación aquí de MOGWAY – sí, con «Y» en cartel-, o la del despelote de Lux Interior) que me chupé de pé a pá pegando la oreja al 96.0 FM que hacía llegar a mi casa la distorsionada programación de Radio 3. Aquel mismo año había visto la luz a través del sello Munster un 2º LP, Supersonic Spacewalk (anteriormente habían editado Sugar, producido por Ken Stringfellow de los Posies) que les llevaría hasta los States y se ha erigido con los años en un plástico difícil de encontrar. Alegato de impolutas hechuras space-rock, lo mismo remitía a Beatles o Big Star (versionados estos en la cara b de su single «Supersonic Spacewalk«) que a los Teenage Fanclub, Sebadoh o Guided by Voices. Darían luego cerrojazo a su relación con Munster para reencarnarse de entre sus propias cenizas y editar un Rossland (2001, Sandwich) que, si bien no les supuso la repercusión que merecían, mostraba a unos Ross más compactos y seguros como banda.

A los años me topé con Juan Antonio Ross en el Segunda Edición, pub referencial de la noche granadina donde trabajé de camarero, y supe de Collection for enemies and friends 1992-2002, recopilación de singles, caras b y rarezas que devolvía su vitalista música a mi estéreo. Desde entonces no supe más de Ross.

Bicheando las profundidades de la internet me enteré de (como casi todo) la existencia de este Durante el Fin del Mundo, y claro, era imposible no lanzarse a por él. El disco lo ha hecho él solo, rodeado de amigos y para sí mismo, cosa que celebramos a juzgar por el contenido. Distintos avatares en la vida de Juan Antonio parecen haber sido decisivos para alumbrar este álbum de canciones sinceras y directas en las que, por encima de todo, se percibe el amor a la música y al oficio solo propio de quien no tiene cuentas pendientes ni nada que demostrar. El otrora batería se presenta segurísimo usando por vez primera la lengua hispana conservando impoluta su personalidad musical al margen del idioma que utilice.

Pero vayamos al tajo. Hay alojadas en Durante el Fin del Mundo las mismas trazas que harían de Ross en los 90 uno de los pocos experimentos verdaderamente exportables: inspirado pop de autor (la muy Beatle «Cometa» o la recuperada, para bien, en castellano «Magia«), psicodelia espacial y alucinaciones Barrettianas («Single«, «Laberintos«, «Espiral«), melodías de voz originales y perfectamente moduladas en CASTELLANO («Música de Jazz» es de lo poco hecho por aquí digno de ser comparado con Brian Wilson) y momentos de lucidez con sonoridades de soul-funk o pop vaporoso de estribillos impepinables («Estraterrestres«, «Imaginación«). Derrocha Juan Antonio un innato gusto por el arreglo preciso y para esta colección los teclados son portadores de la mayoría del peso compositivo. Desprende igualmente todo el lote un fino aroma agridulce, característica que le va chapó a este tipo de canción, pero el trago se amarga fuertemente en momentos como «Balibrea«, titulada como el apellido de un amigo desaparecido (tal vez la mejor canción compuesta nunca por Ross) y «Madurar», una brutal muestra de genuino talento que le sitúa a la vera de otros artesanos del pop sureño como son el cordobés Álvaro Muñoz Tarik o el sevillano José Casas.

En definitiva, Ross ha rubricado otro precioso puñado de píldoras del mejor Pop Cósmico. Por desgracia, es fácil adivinar que pasará a llenar el saco de discos inadvertidos, mal que nos pese en Más Truenos, puesto que vivimos en un país cuya escena musical es todo empacho de artificio y pachanga retromoderna disfrazada de tendencia.

Escucha el disco:

Texto e ilustración por Barce.

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