Hay discos que pasan injustamente desapercibidos para la mayoría y que sin embargo, para unos cuantos se acaban convirtiendo en pequeños clásicos de culto. Este es el caso de City Lights, bien lo saben los hermanos Urchaga, melómanos responsables de Folc Records (además de pareja guitarrística en la fabulosa banda madrileña Los Chicos) que se encargaron de rescatar el álbum del limbo hace unos meses para editarlo en formato físico ya que en su día (12 agosto de 2008) sólo fue publicado en digital vía Myspace.

Quizá les suene el nombre de Javier Escovedo por ser hermano de Alejandro, el cual lleva tras de sí una ya dilatada carrera en solitario como autor de un rock maduro con raíces latinas y poso urbanita que lo emparenta con el tristemente perdido y admiradísimo en esta casa Willie DeVille, todavía suena por nuestro estéreo su espléndido Street Songs of Love de hace un par de años. Pero Javier, por mucho que no se haya prodigado con su nombre propio hasta hace poco, es un talento más que contrastado: él era quien componía, cantaba y tocaba la guitarra principal en los reputados The Zeros, pioneros del punk californiano en los 70 y padrinos del power-punk que cosechó éxitos en la década del grunge (The Muffs, Nomads). Además, los dos hermanos formaron a primeros de los 80 en Austin, Texas, la legendaria True Believers de la que solo se pueden decir maravillas, instigadora del mejor indie rock y rareza exótica cuyo imprescindible debut produjo el genial Jim Dickinson (solo disponible actualmente en la edición doble retrospectiva de Rykodisc), solían acompañar en vivo a gente tan respetable como Los Lobos Green On Red.

Con tal historial a sus espaldas y este pedazo de disco uno no puede explicarse cómo el menor de los Escovedo no corre mejor suerte.

En City Lights le acompañan unos secundarios de lujo, nada menos que Brian Young (de Fountains Of Wayne) a la batería, Joe Bass (de The Posies) al bajo y Josh Schwartz (de los Beachwood Sparks) a la segunda guitarra y los coros. He aquí una obra maestra de inmortal power-pop del que ya no se estila, una tras otra cada una de las 9 canciones del disco desfilan atemporales e imperecederas saludando a la costa californiana de los Beach Boys con la electricidad de los mejores Redd Kross, por poner. Para los amantes de estos sonidos el disco será un no parar de satisfacción, poco más de media hora que se pasará como si fuera un respiro, cargada de unas irresistibles y adictivas melodías vocales y con unas guitarras verdaderamente deliciosas.

Nada novedoso en el lote criticarán algunos, ¡por supuesto que no! Ni falta que hace, respondo yo. Es que de hecho ahí reside precisamente el encanto, estas canciones parecen existir desde tiempos inmemoriales y suenan a lo que suenan, no engañan a nadie, pero remiten a esa inocente e irrepetible sensación de la primera escucha, de la primera vez, como haciéndonos olvidar por unos minutos la miserable actualidad (también musical) y regalando ese absurdo sentimiento de que otra realidad es posible, de que quizá esta noche será mejor…

Texto e ilustración por Zorro de la Dehesa 

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