James Luther Dickinson (1941-2009) no necesitaría presentación alguna para cualquiera que sepa algo sobre esto del rock and roll. Currante con genio más que artista iluminado, se inició como músico de sesión a mediados de los sesenta, y con solo 25 años participó en el último gran single de Sun Records (wikipedia dixit), «Cadillac Man«, con «My Babe» como cara B, cantando y tocando el piano en ambas, pese a no pertenecer a los firmantes The Jesters.

Más tarde formaría parte de los Dixie Flyers, banda de acompañamiento para decenas de artistas con la que se ganaría una importante reputación como intérprete al tiempo que su bagaje musical crecía de manera exponencial: además de dominar el incipiente y obligado soul en esa época investigaría a fondo los infinitos meandros del género por el que Robert Johnson sucumbió a vender su alma, según la leyenda.

Así, sus servicios al piano no tardarían en ser reclamados por los más grandes (búsquenlo en la mítica «Wild horses» de The Rolling Stones o en el Lp Teenage Head de los FlaminGroovies) a principios de los 70, hasta que en 1974 pasaría para siempre a la historia de la música como productor del devastador tercer disco de Big Star.

Sin embargo, a día de hoy muchos todavía desconocen que Dickinson publicó en 1972 un álbum excelente con Atlantic Records firmado bajo su propio nombre.

Titulado Dixie Fried, como la canción de Carl Perkins que aparece aquí en sincopada versión blusera, y aludiendo irónicamente a su anterior proyecto, el Lp es una suculenta colección de genuina música americana. Un festín de blues, country, clásicos tradicionales y alguna composición propia cargado de  sustancia y mojo, un menú divertido, jugoso y finamente especiado que debe ser rescatado del olvido para ocupar el lugar que merece más allá del culto minoritario. Dixie Fried es el último eslabón del folklore americano, perdido en algún rincón sucio y remoto entre el blues y el rock and roll, a salvo de luces y artificio, donde la autenticidad no se elije sino se exige, porque es la única razón de ser.

Dixie Fried

El conjunto del disco vale más que la suma de sus 9 canciones, desde el adictivo rocanrol beodo de «Wine» a «Casey Jones (On the road again)» se suceden cadenciosos y adictivos boogies, armados con un piano juguetón en el que las teclas parecen siempre estar a punto de saltar por los aires. Delicia para los oídos y terapia para cualquiera que quiera reencontrarse entre la naturaleza de lo bello y lo grotesco.

La socarronería y falta de vergüenza con que Dickinson acomete el género le permite, más que salir airoso de los envites, asentar su personalidad como intérprete inconfundible (e irresistible) y coronarse cual coloso escalador, capaz de descubrir hallazgos donde todo parecía inventado: «John Brown» de su amigo Dylan y el tradicional «O how she dances» son las dos cumbres de la expedición. La primera es una sugerente balada en honor a la figura trágica del soldado de dicho nombre, de traje bluesero y lisérgica tanto en producción como en su desarrollo de texturas; la segunda es un primitivo cabaret circense que se adelanta una década al Tom Waits de Swordfishtrombones y me remite inevitablemente a la pelicula Freaks de Tod Browning.  El trabajo de producción del album, como digo, fue tan extenso que se neceistaron más de 5 ingenieros, además de más de una docena de músicos. Tratamientos como los ecos invertidos, el uso de sintetizadores y la amplitud de rango armónico son algo más que destacables intentos, son valientes apuestas de personalidad en beneficio de la canción.

John Brown

Hay tiempo para sacar a bailar a  «Louise«, con un teclado marca Garth Hudson circa Big Pink y el aroma auténtico de la slide guitar estilo Memphis. Le acompaña desde el piano-bar «Will Bill Jones«, desenpolvando el violín de Nueva Orleans, con guitarra y sintes delirantes justo antes de la hora de «The Judgement», balada decadente y definitiva del lote. Y por si alguien todavía desconfía de las intenciones del bueno de Jimmy, sumen la presencia del gran «Casey Jones» y su nueva línea de ferrocarril, y añadan unas gotas de soul en la magistral «The Strengh of love«. Hagan caso al que escribe que Dickinson acabará arrebatándoles el corazón para siempre.

Poco importa que este disco se base en su mayoría de cancionero ajeno, la personalidad de James Luther siempre pesa más que la canción en sí misma. Con esta selección de clásicos aporta su particular grano (montaña diría) de arena en la mejor tradición del género, con su adaptación, única, blanca, eléctrica y psicodélica.

A mí este Dixie Fried me salvó de la muerte por aburrimiento y el frío hace un par de inviernos y desde entonces está entre mis imprescindibles de los 70. Háganle un hueco en su reproductor favorito y les aseguro que la experiencia les compensará.

Oh How She Dances

Texto e ilustración por Zorro de la dehesa

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