En mi primera elección para la sección de la Estantería de nuestro cancionero particular podría haber elegido cualquier otro disco, de hecho tengo en mente reivindicar alguna joya de esas cojonudas en las que no reparamos nunca lo suficiente, pero no podía resistirme a apuntar antes hacia al Blues, más concretamente hacia al Blues de Chicago, o lo que también se conoció popularmente como Rhythm and Blues. No seré yo quien inicie aquí la sempiterna discusión sobre si el blues se vendió o no con su entrada en el mercado blanco de la ciudad del viento, de si el nacimiento del blues electrifcado fue al mismo tiempo la muerte del más puro y primigenio sonido de origen rural, blues del Delta. Todas estas cábalas sirven de poco cuando está por medio el imponente señor Chester Arthur Burnett, alias Howlin’ Wolf, con su metro y noventa y ocho centímetros y casi 140 kilos de afroamericano.

Nacido el 10 de junio de 1910 en West Point, a orillas del Mississipi, Chester se crió cultivando algodón como tantos otros en el seno de una familia disfuncional, y solo a partir del divorcio de sus padres obtuvo cierta estabilidad emocional, huyendo de la casa de su madre ultra-católica a los 13 años con rumbo al nuevo hogar del padre.

Aprendió a cantar y el oficio de la guitarra, a su manera poco ortodoxa, del legendario Charlie Patton, adoptó su alias a raíz de unas palabras de su abuela, que siempre se refería al lobo como un animal diabólico. Acompañó a bluesmen históricos de la zona como Willie BrownSon HouseWillie Johnson o Robert Johnson, convirtiéndose en un artista de renombre en Memphis  y por otra parte, Sonny Boy Williansom le enseñó a soplar la armónica.
Fue también uno de los primeros, valientes o chiflados, que no se lo pensaron dos veces cuando apareció la oportunidad de largarse a Chicago para intentar vivir de la música. Si Bo Diddley y Chuck Berry estaban engordando sus ingresos a costa de endemoniados rockandrolles y otros colegas como Muddy Waters se aventuraban también a dar el salto, el gran Chester no iba a ser menos. Todo esto sucedía a finales de los 50, mucho antes de que nadie se quejara de la electrificación de Bob Dylan. En 1959, de hecho, nadie sabía quién era Bob Dylan.

Una vez terminada la parrafada wikipédica, lo primero que llama la atención de Howlin’ Wolf es la profundidad de su voz, grave, áspera como el papel de lija. Son tantas las metáforas que se utilizan al respecto para definir su sonido que yo, sin que sirva de precedente, me voy a limitar a añadir que sería como si el Lobo que está aullando procediera de las mismísimas calderas del averno. Su estilo es inimitable por mucho que Tom Waits o Don Van Vliet alias Captain Beefheart lo hayan intentado. Es una voz única, capaz de representar una época en la que el blues era dominante, blues negro como el carbón (el papel del blanco en esta historia se sitúa en los despachos), que es parte destacada en la historia de la música popular por su trascendencia internacional y por el carácter tradicional que transmiten sus formas.

Formas que pervirtió el propio Wolf sin ni siquiera proponérselo en este Howlin’ Wolf (Chess, 1962), también conocido como El disco de la silla o The Rockin’ Chair Album. Recopilación de 6 singles editados desde 1959 a la que se suman otra media docena de joyas imperecederas, que por su contenido y por su interpretación llevaron el blues a su último y más exitoso estatus. Como en la inicial «Shake for me«, un complejo vitaminado, sacudiendo el blues con el cencerro al borde de la rumba (que conciliaría estupendamente décadas más tarde el señor Waits) o «Who’s been talking?«, una de las pocas excepciones en las que es el propio Howlin’ Wolf el autor, una auténtica barbaridad de canción (recuperada en 1972 en el disco London Sessions, otro imprescindible del rizmanblus acompañado de Eric ClaptonStevie Winwood, Charlie Watts y Bill Wyman, además de su fiel escudero Hubert Sumlin).

Con una colección de singles tan incuestionable como la siguiente es imposible resistir a la capacidad seductora del lobo: «Wang-Dang-Doodle» (popularizada con anterioridad por la inolvidable Koko Taylor), «Little Red Rooster», «Spoonful», «Back Door Man», «Howlin’ for my baby»... El ambiente es sugerente e irrespirable como un antro infecto en el que las ratas juegan a esconderse y al fondo del salón, justo en el rincón, entre el humo frondoso e iluminada por una sucia bombilla se asoma la sonrisa ruda y orgullosa de Chester.
Cuando se enciende la luz roja Howlin’ sabe poner todo su mojo a trabajar.

Se hace acompañar de un total de 22 músicos, incluídos el propio Willie Dixon (autor principal o firmante de los derechos de la mayoría de canciones del disco) o las guitarras de, entre otros, Jimmy RollinsOtis «Big Smokey» Smothers o Freddy Robinson, maestros del estridente sonido eléctrico y expertos en acompañamientos, con gusto y finura en los fraseos y solos.

El citado «Back Door Man» es una pieza única, con una cadencia densa y pesada como una mala tarde, se convierte en una hipnótica y primitiva caverna en la que el dueño es el hombre de la puerta trasera, el propio Howlin’ Wolf, al mando de los fogones. Imposible compararla con la versión que hicieron los Doors, pero buen ejemplo del reconocimiento que pronto empezaría a tener entre los blanquitos melenudos. O «Down to the Bottom«, otro estándar de blues frenético que serviría para poner en órbita un lustro después al juguetón Captain Beefheart, de mano de Ry Cooder y un perfecto slide.  También despacha sin aparente esfuerzo un rockn’roll como «You’ll be mine«, corte que pondría palote al Keith Richards más colocado. Los vientos aportan el toque exhuberante que necesita esta música, adictiva como el café, o buen whisky, o como el cigarro de las 1.30. O el irresistible piano de «Going down slow«, gran parte de estas canciones han sido utilizadas, con buen gusto y gran acierto, en innumerables bandas sonoras, y es que no hay una gota de relleno en todo el lote.

No olvidemos que hubo un tiempo en el que el blues empezaba a convertirse en un fenómeno, a un lado justo del rock and roll, y de paso cambió el porche de Tennessee por los estudios, platós y escenarios de medio planeta. Con discos como este el blues nunca volvió a ser lo mismo, se transformó en una música de primera categoría y excelencia de manos de talentos innatos como el de Chester Arthur Bernett «Howlin’ Wolf», una fuerza de la naturaleza que mamó el blues de manos de los mejores y supo dignificarlo transmitiendo el sentimiento como pocos, solo o acompañado de armónica, guitarra, piano, contrabajo, vientos, o hasta una banda entera llena de blancos.

Esto es mierda de la buena, un 5 estrellas ó 10/10, cómo sea, un imprescindible en tu discoteca si tienes simpatía por la música del diablo.

Texto e ilustración por Zorro de la dehesa

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