Su anterior Lp, el mastodóntico Russian Wilds, supuso un paso de gigante en la carrera de los de San Francisco. El disco, una selección de 10 temas de entre los más de 150 que escribieron a petición de Rick Rubin, era un ejercicio de blues progresivo, soul y funk-rock abrumador, un abigarrado derroche de ideas y grandilocuencia que quizá pecaba de ambicioso y disperso, pero que en definitiva venía a confirmar el talento de un Ethan Miller pletórico tanto en la composición como en la interpretación.

Tras romper sus lazos con el sello American Recordings la banda regresa 3 años después con Mansion Songs, primer álbum de una trilogía que apunta hacia derroteros mayormente acústicos e intimistas. Son relevantes en este viraje el retorno a un sello indie y varios cambios de formación, sin embargo, algo más profundo parece haber sucedido en el interior de Ethan y los suyos.
Su nueva entrega rebaja las pretensiones, deja el virtuosismo a un lado y ofrece 8 temas prácticamente desnudos, oscuros, confesionales. Canciones redentoras en la medida que implican una limpieza interior, un reset emocional y artístico en pos de la búsqueda de nuevos retos y horizontes, partiendo de la reconciliación con uno mismo. Un exorcismo sincero en forma y fondo que necesitará de más esfuerzo y paciencia por parte de su público habitual. Quienes veían en ellos el relevo perfecto a los Black Crowes tampoco se verán correspondidos.

Tras un comienzo pudiéramos decir que continuista, con un “Big Red Moon” sublime de inicio y “Meet me in the wheat”, moviéndose ambas entre el gospel, el blues y el rock sureño, el grupo aparta la electricidad y se acoge al formato mínimo para revestir cada una de las siguientes seis canciones. A continuación, baladas de una delicadeza y dulzura inéditas en su carrera (“Restless, “Ceiling Fan”, “Coliseum”) se suceden con medios tiempos sin discriminar el origen de cada arreglo.

Como en el clásico y taciturno On the Beach de Neil Young, la canción es la que manda. Si hay que aderezarla con un violín propio del bluegrass pues se hace (“The New Age”), si reclama más colores porque respira chulería country con alma pop, pues se abren las puertas a toda La Banda (“Wild Bush”), si el tema crece en intensidad y hay que añadirle gotas de experimentación, se enchufan unas eléctricas y punto (en la estremecedora “Restless”). El piano es el principal sustento de la balada capital del disco, “Lucy Fairchild”, un emocionante cuento con desarrollo in crescendo como para irse a dormir con la conciencia bien tranquila.

Referencias a Dylan, a la religión, a la rock and roll way of life y su consecuente resaca comparten espacio en un disco que parece menor pero que apunta a obra maestra a poco que se le presta atención precisamente por la honestidad y sencillez que desprenden sus composiciones.

Coliseum


Un álbum con carnaza, de ruptura y de huída hacía dentro, de esos que merecen todo lo bueno que el destino les depare. A encumbrar al olimpo o a olvidar en un par de semanas, de ustedes depende.

Texto por Zorro
Ilustración por Barce

*Publicado originalmente en el º 2 del magazine Rock I+D

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
error: Content is protected !!