Afirma Howe Gelb (Tucson, 1956) que le gusta comparar la vida del músico con la del pescador. Esto es, un oficio que requiere concentración, sabiduría y paciencia para esperar el momento adecuado en que la canción caiga en el cebo y sea capturada. Traigo esto a colación porque desde que debutara en 1985 como Giant Sand, la carrera de este tipo se ha visto salpicada de momentos. Unos duros, como la pérdida de su mejor amigo y guitarrista Rainer Ptacek, otros incómodos, como la huida del éxito a manos de su ex compañeros Calexico. Y otros felices, a buen seguro. Pero Howe es zorro viejo y entiende como pocos que la música es una cuestión vital, una forma de avanzar sin detenerse, una carrera de fondo. Por ello ha sabido aprovecharse en todo momento de lo que se le ha puesto a tiro para salir a flote, tanto daba que fuera country, blues, rock, jazz, punk, vanguardia, lo-fi, gospel, flamenco…

Sus últimos pasos los recorría el año pasado, mutando su banda de siempre en otra multiplicada por sí misma (Giant Giant Sand) para entregar Tucson. Ópera-rock con amplitud de miras, todavía hoy merodea cerca del estéreo pero difícilmente sobrevivirá a obras más atinadas como ProVisions, Is all Over the Map o aquella genialidad llamada Chore of Enchantment. Sin esperarlo pues, motivo de regocijo en cualquier caso, se presentaba de nuevo el Sr. Gelb a finales del pasado abril con Dust Bowl, una colección de nada menos que 14 canciones.

No es casual que se edite bajo el epígrafe de su nombre de pila pues es él mismo quien se guisa y come el pastel (salvo el contrabajo puntual a manos de Thoger Tetens Lund y dos temas grabados en el Hotel2Tango de GY!BE) a lo largo de los 45 minutos que dura el disco. De hecho él mismo se autoproduce y no sería de extrañar que este disco lo haya grabado en soledad.

La sensación que me produce zambullirme en Dust Bowl es la de la presenciar a un autor en intimidad rodeado de un puñado de guitarras, piano y banjo. Casi como si asistiéramos a un concierto privado. Con él repasamos alguna canción de TucsonWindblown Waltz», «Forever and a Day», «Lost Love» y «Plane of Existence») pero interpretadas con esa habitual libertad que hace sonar la misma canción cada vez diferente. Nos dejamos llevar por las historias de su vecino «John Deere» o el disfrutable «Redelivery Blues» («…beautiful», dice Gelb al final), nos extremecemos con la triste e imperfecta belleza de «The Old Overrated«, la congoja de «Mystery Spot» o nos abandonamos embaucados por «Reality or Not«.

Afirmaría que esta tacada es más certera que la contenida en Blurry Blue Mountain y más disfrutable a largo plazo que la multitud y algarabía contenida en Tucson. Tal vez necesitábamos respirar de nuevo el oxígeno en los silencios del piano y el vibrar de las cuerdas de su acústica. O tal vez no. En cualquier caso tenemos aquí un nuevo motivo más para reivindicar, otra vez, su merecido lugar junto a los grandes nombres de la música norteamericana. No extrañarse si mento a Dylan, Cash o Young.

Por solo 3,33 dólares puedes descargarlo desde su bandcamp.

Texto e Ilustración por Barce.

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