No dudamos. Nos plantamos en Ronda con determinación y el comprometido propósito de emular los días pasados en el anterior Monkey Week 2013, donde por primera vez avistamos a los monos. El idílico paseo previo por una Ronda encantadora nos llevó casi sin darnos cuenta a una cuesta abajo en penumbra. Más goyescos que nunca, aceptamos el desafío: sabíamos cómo la bajaríamos, pero poco más.

El olor a campo se iba transformando en sonido conforme descendíamos, y es que para cuando hicimos entrada en Descalzos Viejos, los sevillanos Surrounders enfilaban el último tramo de su show. Bajaron del escenario y enlazaron entre el público unas cuantas canciones sin más amplificación que las de sus vivas voces e instrumentos al aire. El público encantado, enzarzaparrilado perdido, y nosotros también, porque aquello sonaba a cantina americana que daba gusto, y porque para entonces ya habíamos conseguido probar el vino de la casa (y qué vino tiene Asunción!…).


No hubo tiempo para lamentarse, una simpática rondeña nos invitó a adentrarnos en la hacienda en busca de Dj Omar, que despachaba su set con desparpajo en la zona trasera de la bodega. Para entonces el lugar ya nos había conquistado, aunque sabíamos que esas escalinatas sinuosas acabarían siendo un problema con el paso de la noche. Cuando volvimos al escenario, un gentleman enajenado no paraba de maullar “Descalsos viejoss” con acento forastero. Resultó ser del Puerto, lugar del que venía su grupo, Furia, para subir de forma exponencial e irreversible la intensidad de la noche. No los conocíamos, y aquello sonaba francamente bien. Tenían las canciones, el sonido y las formas. Definitivamente el elector de los ponentes de la noche, Andrés Herrera había acertado de lleno… el maldito ya nos tenía donde quería.

Mientras calmábamos la furia interna a golpe de jamón de la serranía, pudimos oír cómo se abría la jaula al otro lado del caserío. El Pájaro ya andaba suelto, aunque a decir verdad fue su show el que se pasó ‘volao’. Su actuación podría definirse como armónica, aterciopelada, con regusto a bosque y aspecto espumoso con sutiles tonos florales. Que no hombre, yo no entiendo de vinos, sólo sé distinguir entre el que me gusta y el que no, y el que nos estaban dando Pájaro y los suyos estaba siendo de lo más macanudo. Despacharon lo suyo de forma sublime, de sevillanas maneras. Y por si no fuera poco, al revolotear de las criaturas se unió Kini Triana con sus requiebros de corneta, haciendo las delicias de la chiquillería que allá nos encontrábamos. En fin, ornitología fina, ¿qué os voy a contar?


El Descalzos Viejos estaba cada vez más bueno, y no perdonaba. De vuelta al escenario, una criatura endiablada intentaba a duras penas presentar el que sería el último round de la noche, Pelo Mono. Los muy primates treparon al escenario y repartieron chirimoyazos de Motril con ese soniquete selvático que tanto nos ha molado desde que los conocemos. El diablo (Juan Téllez, «Juanillo Basura») venga a las maracas, los monos a lo suyo y nosotros a las copas. Aquello ya había sido lo suficientemente bueno como para poder dejar que se jodiera del todo, y cuando nos dimos cuenta, estábamos danzando al ritmo de los sevillanos OhMyCat, un set que seguramente fue cojonudo, pero que ninguno es capaz de clarificar a estas alturas.

Quizás fue después de rescatar Antonio Pelo Mono de entre las buganvillas que había bajo una de las escalinatas, cuando decidí que había sido suficiente por esa noche, o quizás no. Sea como fuere, la velada había superado sobradamente mis expectativas, y a día de hoy sólo uno de nosotros sabe cómo subimos aquella cuesta de vuelta a Ronda, aunque aún no ha querido contarlo. Lo que sí sé casi con toda seguridad es que la volveremos a bajar.


Texto y fotografías por Carrasco Becerring

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