Primeros de marzo de 2017.

Como buen sábado lo inauguré con un  tremendo brunch y un bloody mary. En el Foundry 39, que es como se llama el atractivo local donde desayuno cada fin de semana, ya me conocen, hasta el punto de que las camareras bromean conmigo sobre lo que me gusta comer allí con total naturalidad. Incluso me dan raciones más generosas, me rellenan la bebida y me cuidan tanto que siempre me acabo poniendo fino. Al tiempo que daba tremenda cuenta de mi comida y bebida el canario de mi curro y su cuñado lituano me contactaron para ir a ver la película de Logan esa misma noche. Acepté sin dudar y pensé que sería un broche tranquilito para mi sábado de dar vueltas por la ciudad. Después del brunch traspuse hasta Ocean Terminal donde me compré las películas: Heat, la de Michael Mann con un overfuckingwhelming Pacino que da una lección de sobreactuación y Don Robert de Niro; y Point Break. Sí, Le llaman Bodhi, aquella de Patrick Swayze en la que es surfero que es uno de esos guilty pleasures ochentoso-noventeros que uno tiene. También me hice con el libro de Fat City de Leonard Gardner al que le hice una foto y se la mandé WhatsApp a un colega que quiero mucho y con el que ya nunca hablo y que me respondió con un emoticono corazón. Siendo esta la única comunicación que hemos tenido en los últimos dos meses.

Para almorzar fui al Wolf + Water en Leith, a pesar de haber desayunado tarde ataque sin contemplación una enorme hamburguesa y me harté de cerveza Belhaven. El sitio está todo guapo y sale en T2: Trainspotting, así de notas soy… es el local donde Sick Boy le cuenta a Rentboy  que durante su primer chute compartieron la aguja y aquello les hizo algo así como hermanos de sangre. Todo esto con intención de camelárselo para llevar a cabo su plan. Total, pinta va, pinta viene, fui haciendo tiempo y pasando el día de un lado a otro de Edimburgo.

Me averigüé un calzone para cenar en otro sitio fetén y ya había completado el combo perfecto (brunch, hamburguesa, calzone, mucha cerveza). La película era a las 20:30, hora que aquí suele corresponder a lo que viene siendo la última sesión, vamos que sería tarde y como me veía cansado de cojones y pelín borrachuzo tuve la brillante idea de hincarme un café bien grande y muy cargado para aguantar como un campeón. Eso hice.

Llegué a la puerta del cine a las 20:00 y para mi sorpresa me encontré que el canario y el lituano no venían solos. Venían con sus respectivas parejas. También les acompañaba una chica no emparejada, una checa bellísima. Una cara preciosa que irradiaba buenas vibraciones y una energía incansable la mar de atractiva. Una chica con sol, de esas que no puedes dejar de mirar y encima más extrovertida que el copón. Se apegó a mí desde el principio y no paraba de hacerme preguntas y de hablarme. Puse mi tono de voz más cargado de confianza y seguridad y fui dándole conversación. Una vez en la sala, se sentó junto a mí y sacó de su bolso palomitas, refrescos y de todo. En UK si la película está programada a las 20:30, realmente empieza casi tres cuartos de hora después  por culpa de los  putos anuncios,  aunque aquello nos permitió poder seguir charlando mientras me seguía ofreciendo comida. Una mujer simpática, inteligente  y bella que me da de comer, me enamoré al instante. Me aseguró que sólo le gustaban las palomitas dulces y púos nos pusimos de esas dulces palomitas dulces… qué coño, con esa cara y esa buena fe como si hubiera sacado dos filetes de palometa. No le hubiera puesto pegas. Para ella es la vida. Eso sí, las palomitas dulces, el café, el calzone, la hamburguesa, el brunch, la cerveza… el estómago se me estaba poniendo en solfa, sentía como se me retorcían los intestinos. Me estaban dando los siete ardores, entrando los calores del infierno y los sudores de la muerte.

Llevaría la película 40 minutos de las dos horazas y cuarto que duraba y yo ya iba a estallar. Aguanté, aguanté la película entera sin prestarle atención ni a la propia película ni a que me iba a explotar el colon. Sólo pensaba en  la mujer  que tenía a mi lado. La chica, Milena, que se llama, que para ver la película se había puesto gafas y me parecía aún más espectacular. Creo que nunca había vivido una disonancia tan brutal entre lo mal que me estaba sintiendo por dentro y lo mucho que me gustaba la situación que estaba a mi alrededor.

Acabó la película, que aunque no le hice mucho caso, me sorprendió que fuera una road movie tan competente, madura y con una violencia desatada como no tiene ninguna otra película de los X-men y derivados. La llega a dirigir Clint Eastwood y te hace un perfecto mundo imperfecto. Al final Lobezno, Logan, muere. Supongo que eso sí que se veía venir.

Milena y yo salimos un poco antes con la intención de ir al baño, cada uno al suyo, ni que decir tiene. En el de caballeros, el único aseo de taza que había estaba averiado y su puerta chapada a cal y canto. Estando disponibles sólo los urinarios de pared, mi agonía no veía final. Oriné con sumo cuidado de no alentar a la naturaleza para que siguiera su curso y salí a reunirme con esta gente. Milena seguía en el aseo y me puse a comentar la película con los chicos. Que si muy violenta, que si muy lenta, que si bastante más reflexiva de lo esperado… Cuando  Milena se acercó, no sé si ya con la idea de despedirse, a pesar de mi sufrimiento interno, me tiré al barro: “¿una cervecita en el Lebowski’s para comentar la película?“.

Era palpable que el lituano y su hermana no tenían puta gana, pero el canario y  Milena no tardaron en aceptar la propuesta encantados. El Lebowski’s es un pub que rinde homenaje al Nota, desde su decoración al nombre de los combinados y donde la película se emite todo el día de forma casi religiosa. El sitio es una chulería y quedaba justo enfrente del cine y allí que nos plantamos. Nos sentamos alrededor de una mesa de forma que  Milena y yo quedábamos uno frente al otro. Pedimos unas pintas y nos pusimos a conversar. Aprovechando sus preguntas pude meter algunas de mis experiencias en Seattle o París, aquellas que siempre quedan bien. Lo de recorrer la costa oeste de norte a sur escuchando el Zuma de Neil Young y tal.

Al acabar la segunda pinta, fui al baño, con la sana intención de acabar con mi  ya exagerado sufrimiento y sin vivir, con el objetivo claro de  desprenderme de ese veneno negro que maltrataba mi bajo vientre para volver siendo un hombre mejor. Un valiente del mundo nuevo.

Estaba bastante borracho, así que tracé unas líneas de actuación generales, claras, sencillas y concisas. Tenía que ser limpio. Tenía que ser eficaz. Pero, sobre todo, tenía que ser rápido. No quería que la chica pensara que estaba haciendo aguas mayores. Ya descubriría eso de mí en nuestra luna de miel, no la noche en la que nos conocíamos. Molaría decir que el retrete era el más asqueroso de Edimburgo, pero no estaba tan mal, tampoco bien. Cerré la puerta, me puse en cuclillas sin rozar la taza para evitar contagiarme de un cáncer de sida y apreté fuertemente con el deseo de hacer la deposición en una única descarga rápida. Al cabo de unos segundos noté que era una de esas ocasiones que había que tomarse un tiempo. Había que soltar lastre con algo más de reposo. Mi cuerpo me pedía a todas luces calma, mientras que mi cerebro me pedía una acción más veloz y furiosa, me dejé llevar por la urgencia y procedí con un apretón salvaje. Solté el pastel con la malísima fortuna que, al mismo tiempo, me puse a orinar abundantemente sin ton ni son y totalmente fuera de control. Mi complicada postura hizo que toda la meada fuera a parar a los calzoncillos y pantalones. Podía escuchar que en el bar sonaba el Gimme Shelter de los Rolling Stones y solté una carcajada de impotencia que desembocó en un llanto esquizofrénico de resignación. Está escrito. Voy a morir solo. Soy incapaz de mantener la compostura en las situaciones más básicas. ¿Cómo demonios voy a impresionar a una mujer deslumbrante si soy incapaz de mear donde procede?

Me quité los pantalones y los sequé con papel higiénico con tanta dedicación como inutilidad, me quité los calzoncillos que estaban del todo empantanados e insalvables. No había donde tirarlos, así que los puse bajo el secamanos eléctrico junto al lavabo. En esas, por supuesto, entró al aseo el chaval lituano, Sarunas, que me preguntó: “What the hell did you do?” “Did you shit on yourself?” “You were taking so long, we were worried!“. Le contesté que no era lo que parecía, que me gustaba llevar ropa interior calentita, pero empezó a reírse. Me metí los calzoncillos ya secos, o eso quiero creer, en el bolsillo de atrás del pantalón y salimos a reunirnos con los demás. Sarunas le dijo algo a su hermana en perfecto lituano, la lituana le susurró algo al canario al oído y después gritó mirando a  Milena un: “Time to go“. No puse resistencia alguna. Me despedí desde lejos, el canario me hizo un gesto en plan: “te llamo chacho” y me quedé solo. Ya puestos, sonaba la Creedence Clearwater Revival, me eché una cerveza en la barra mientras digería que otra mujer increíble se alejaba de mi vida para siempre… y lo hacía mientras miraba, una vez más, El Gran Lebowski.

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