Mediados de octubre de 2016.

Pues resulta que el viernes pasado a penúltima hora de la tarde, el jefe indio, indio de la India, que no es Toro Sentado, necesitaba ir a las oficinas de la empresa en Kirkcaldy que es una ciudad que queda a unos 40 kilómetros al norte de Edimburgo. Por avatares del destino dio la maldita casualidad de que el único ser con permiso de conducir de todos los que allí estábamos era yo. Como esta empresa es muy ahorrativa y no se gasta un duro ni por orden judicial, ni por prescripción médica, la opción de que un torpe chaval español que no ha conducido jamás en Reino Unido y que, por supuesto, no sabe dónde demonios queda Kirkcaldy (ni sabía que existía), es mucho más atractiva y económica que pedir un taxi. Añadiremos que no disponemos de coche de empresa, en su lugar me entregaron las llaves de una Ford Transit blanca del año ’98 exagerada de grande. Vamos, comparada con mi Corsilla o el Fiat Seicento de mi madre, parecía un condenado portaaviones. Un puto transatlántico aparcado en una cuesta.

Nos subimos a la furgoneta mientras me iba repitiendo a mí mismo como un mantra: “tranquilo Med, si sólo tienes que ir por la izquierda“. A cualquier persona sana y normal posiblemente sólo le tome unos minutos adaptarse a las particularidades de conducir en sentido contrario al acostumbrado, pero servidor es conocido por una torpeza cuya fama le precede. Incluso de prepúber me ofrecieron fichar por los alevines del Real Madrid por mi facilidad de caer en el área y provocar penalties.

Meto la llave, hago contacto, piso el embrague y casi me da un aneurisma tratando que mi cuerpo entendiese que todo está cambiado de lugar. Consigo meter primera con esfuerzo pero sin heridas de gravedad para descubrir que el fenómeno que había usado y estacionado la furgoneta antes no había dejado puesto el freno de mano y nos precipitamos contra el Mercedes que hay delante. No lo golpeo porque, sorprendentemente, reacciono a tiempo y el freno de pie sí que está donde suele. Ha pasado sólo minuto y medio desde que entramos en el vehículo, pero ahí ya tengo a mi jefe pelín acojonado. Cosa que presiento porque me pide que no impacte contra nada ni que, por favor, mate a nadie. Mi jefe habla pero en mi cabeza sólo hay imágenes de la ocasión en que atropellé, por accidente ni que decir tiene, a un comercial de Pepsi que iba en una vespa que quedó siniestro total. El comercial salió ileso.

Me lleva un rato y unos buenos acelerones sacar el coche, mis flamantes Dr. Martens verdes tampoco ayudan a que pise los pedales con gracia y sensibilidad, pero lo saco. Le pregunto a mi copiloto que por dónde vamos, pero mis pisotones castigando el gas lo han amedrentado completamente. Los nervios y la congoja distorsionan su otrora perfecto inglés y sólo es capaz de proyectar sonidos engorrosos e ininteligibles. Miedo mucho, pero ni la más mínima intención de parar y cogerse un taxi. Quizás sí, si lo propuso… tampoco lo entendí. Optó por enchufar un GPS que indicaba el camino y allí que íbamos los dos figuras a Kirkcaldy.

En cada intersección reducía la velocidad al mínimo aún considerado movimiento, para no meterme por donde no era o evitar liar la mundial pero luego en las rectas pisaba el acelerador sin contemplaciones, como el puto Kowalski en Punto límite cero, por las siguientes razones:

1) Para recuperar tiempo. No hay que olvidar que era viernes por la tarde y cuanto antes acabase, antes daba de mano una semana infernal de curro. Además, viendo el panorama, estaba convencido de que con todo del revés no iba a ser capaz de estacionar la furgona en la puta vida. Maldita sea… si es que el diablo está en los detalles. En Jun (mi pueblo) sé dónde está la palanca de cambios, lo sé por instinto, pero aquí incluso tenía que mirar para encontrarla.

2) Como buena furgoneta de carga enorme no tenía espejo retrovisor, sólo los laterales y como te adelantan por la derecha, todo aquello me causaba mucha inseguridad. Pero inseguridad de esa que te ríes porque sabes que vas a morir.

3) Esta me da cosa reconocerla… de primeras y con todo el jaleo de izquierda-derecha no me di cuenta de que el velocímetro no marca kilómetros por hora… de modo que yo veía que iba a 70 y más le pisaba… luego caí que estaba lidiando con millas por hora y no fue por la sensación de velocidad o por los gritos de terror de mi jefe, fue al recordar la coplilla 60 miles an hour de New Order.

Mi jefe me preguntaba que por qué corría tanto y, claro, intentando hacerme el gracioso lo asusté aún más:

J – Why are you driving so fast? why are you making my life so hard?
MV – Trust me, I know what I’m doing (mentira). We need to get there fast because I think it will take me so long to park this “dead body”… Actually, I think I won’t be able to park it even in a river!

Entiéndase que me refería a la furgoneta y su tamaño como a un: “muerto” y que usé: “río” como exageración de un lugar muy grande donde no sería capaz de estacionar el vehículo. Sencillo, ¿verdad? Bueno, algo desafortunado quizá… pero recuérdese que no sabía qué demonios hacía. Carajo.

Al buen hombre le iba a dar un infarto y acabó gritándome: Dead body?? River? Where are you taking me? What are you talking about?? Porque usábamos el teléfono como GPS que si no llama a la policia, a los bomberos y al cuerpo de paz. Total, le expliqué el chiste y no le hizo maldita la gracia.

Llegamos al destino y aparqué a la primera, aunque aún me estoy secando el sudor del mal rato que pasé. Mi jefe hizo lo que fuera a hacer y a la vuelta me estuvo dando conversación, pero sin entendernos bien del todo… lost in translation… Me preguntó algo que interpreté como: “¿cuánto tiempo llevas en Edimburgo?” y le contesté que el próximo domingo haría un par de meses. Se puso como un energúmeno a decirme que eso era imposible y que me lo estaba inventando. Yo no sabía qué le había dado, no entendí esa reacción y le pedí que me repitiese la pregunta… Lo que el pavo quería saber es cuánto tiempo llevaba dejándome el pelo largo y entonces respondí: “desde ayer”. Eso lo desconcertó más aún. Demonios, contesté desde una lógica que yo veo muy sencilla… ¿cuánto tiempo llevas dejándote el pelo largo? Pues ayer justo pensé en cortármelo pero acabé dejándomelo… de ahí mi respuesta: “me lo estoy dejando desde ayer”. “Cada día es un nuevo día”, remaché. Un caos, a mi acompañante no le convencía esta forma de pensar aunque pudiera explicar, parcialmente, mi forma de conducir. No había entendimiento.

Mi jefe no sólo es indio, es indio de los que usan turbante o dastar y que, por su religión (Sikh), no se cortan el pelo y lo llevan recogido bajo el dastar. Me imagino, supongo que por culpa de la película El Paciente Inglés, que tiene una larguísima melenaza azabache preciosa que lava en su jardín cada mañana. Poco después me preguntó si estaba casado, cosa que le preocupa mucho y que me pregunta de una semana a otra. Así que o tiene muy mala memoria o cree que lo tenemos tan fácil como ellos, que siendo críos llega su padre y les busca una niña y arregla el enlace a cambio de unas telas de colores vivos y bordados dorados. Contesté que era complicado, haciendo honor al estado de Facebook, y añadí que no soy muy de bodas salvo la de Barce, claro. Cosa que tampoco entendió.

Acabó pidiéndome mi teléfono móvil para poner algo de música y amenizar el trayecto, optando por el siempre insolente aleatorio. Basta que tengas una sola canción bochornosa en tu dispositivo musical, que sabes que sonará entre las primeras y así fue. Tras los Guadalupe Plata, The Birthday Party y los Black Angels  le llegó el turno a… “My Heart Will Go On”. Efectiviwonder, la de Titanic. Pasado el shock inicial y para destrozar la tensa atmósfera creada me arranqué a vocear como una vaca parturienta el estribillo de la oscarizada canción, provocando a mi jefe confesar que la próxima vez, se pediría un taxi. Y bien mirao, yo lo prefiero.

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