Un par de días antes de la muerte de Chuck Berry.

Era un jueves de marzo como cualquier otro en el almacén en el que trabajo. Las horas pasaban lentas pero implacables mientras cargaba, descargaba, traía y llevaba cajas de aquí para allá. Todo correcto, todo fetén. A eso de las doce del mediodía recibimos un camión repleto de palés que contenían unas 914 cajas de saquitos de cuadros. Aunque sólo estamos tres personas para descargar el camión y cada caja pesaba cerca de 33 kilos, nos lleva poco menos de dos horas completar la intensa y cansina tarea. El trabajo físico me gusta. Duele, pero me gusta. Como la música de Nick Cave o los Swans. Es cierto que cuando curraba en una oficina podía escuchar directamente esa música y recrear esas sensaciones sentadito en mi escritorio y sin hacerme mistos muñecas, rodillas y demás articulaciones, pero qué diablos…

Tras una paliza física más dura que las discografías de Sunn O))) y Napalm Death, toca llevar a la oficina los documentos pertinentes a la entrega que acabamos de recibir: y con los que alguno de mis compañeros administrativos me imprimirá un detallado documento con el que comprobar que todo está correcto y repartir los jerseys a las tiendas que correspondan. Fácil, salvo por el hecho de que el administrativo con el que me toca lidiar es un perfecto gilipollas de los que marcan tendencias. Un pavo estúpido que va muy subidito que jamás saluda. Un tipo odioso, malencarado y que a la postre, es muy ordinario. Siempre que hablas con él, y quizá como gesto de desprecio hacia su interlocutor, se introduce su pulgar izquierdo en la nariz para acabar perdiendo aquello que extrae en su frondosa barba. Como no llueve suficientemente en Edimburgo, el caballero, también tiene el hábito de comer en su escritorio. Cosa que yo no puedo hacer, no sólo porque no es plan cargar cajas mientras te hincas un Yatekomo calentito, tampoco creo que sea de recibo atufar a tus compañeros con la apestosa rata muerta al ketchup que tienes por almuerzo.

El muchachote, al que vamos a llamar desde ya Sr. Marrón, en lugar de tomarse su descanso, engulle su bazofia sin abandonar su puesto de trabajo, luego sale media hora antes pero siempre cobrando la jornada completa. Eso sí, no le molestes mientras se mete entre pecho y espalda una liebre con salsa, ni que decir tiene, marrón, que se ofende y explota como un jodido energúmeno. Si es que hay que ser rastrero…

Total, me acerco al Sr. Marrón para pedirle educadamente que me imprima lo que necesito para poder seguir trabajando, sin percatarme de que está comiendo. No ha acabado de salir de mi boca un respetuoso: “Could you please… “; cuando una terrible bofetada de un hedor desagradable me golpea al tiempo que el Sr. Marrón me grita furibundo: ¡¡¡¿ES QUE NO ME VAS A DEJAR COMER?!!! Mi timidez es enfermiza, mi complacencia exagerada, mi paciencia ilimitada… pero se me inflaron las narices tanto y tan pronto que de forma casi automática le respondí: Sr. Marrón, ¿tú me puedes despedir? El Sr. Marrón no vio venir aquella salida, ni yo mismo sabía en aquel momento a dónde quería llegar, y me contestó ya más sereno: no, yo no. A lo que un servidor atisbó puerta vacía y remató a las redes con un: pues si no me puedes echar, no me vuelvas a hablar así en tu vida. El Sr. Marrón se quedó calladito, formal y más tranquilito que un oso amoroso harto de dulces de leche hibernando. Tras entregarme el papelajo que yo iba buscando, me preguntó muy dócilmente: Med, si te llego a decir que sí te puedo despedir… ¿cómo hubieras reaccionado? Como si no lo tuviera preparado, remaché con un: mira campeón, en ese caso la próxima vez que sientas la necesidad de hablarme de esa manera, mejor me despides, pero no me vuelvas a hablar así en tu vida.

Aquellas palabras cargadas de seguridad que brotaban de mí me parecían de lo más dignas y justas. Esa sensación de molar, molaba y como no estoy acostumbrado a ella, tampoco la quería abandonar tan pronto. Imaginé un gesto definitivo para coronar mi victoria ante el Sr. Marrón, darle la puntilla y convertirlo en mi esclavo. Ya no llevo conmigo la petaca de licor que solía usar en mi anterior trabajo pero sí que recordé que dentro de mi vieja cartera había desde hace como 12 años un cigarrito mentolado de esos de plástico. Saqué mi querida cartera, una replica de aquella que usaba Jules (Samuel L. Jackson) en Pulp Fiction y en la que se puede leer el lema Bad Mother Fucker, que en España se tradujo como hijo de puta peligroso. Saqué el cigarrito mentolado, ya sin menta y caducado, lo ahuequé con dos golpecitos contra la cartera y lo puse entre mis labios a lo Clint Eastwood o John Wayne. El gestito, efectivamente, me quedó de lo más gilipollas.

Aquella misma noche y tras una jornada de trabajo tan dura y provechosa debería haber dormido como un bendito pero no fue el caso. Desde mi más tierna infancia vengo sufriendo episodios de parálisis del sueño con cierta frecuencia. Quizá dos tres al año pero cada vez me quedan más guapos y más conseguidos. Movidas tan reales que casi se pueden palpar. En el último, la pesadilla consistía en que estaba durmiendo en mi habitación, entre penumbras y sombras tan perfectas como si estuviera recreando la realidad misma. De repente sentía que alguien se metía conmigo en la cama pero no lo hacía de una forma afectuosa, ni para risas o bromas. Sino con una agresividad que incomodaba. Aún inmerso en la pesadilla, tuve el arrojo de girarme hacia donde sentía el movimiento, apartar el nórdico y allí me encontraba una mujer quemada, con una mata de pelo negro frito que caía sin cubrir un rostro cubierto de cenizas, sin ojos y con unos enormes dientes amarillos. La angustia crece y la maldita cabeza salta hacia mi y me muerde la misma mano con la que había apartado el edredón. Me desperté, o eso creía, en un grito ahogado de lo más ridículo y sin poder moverme. Totalmente petrificado en mi cama, ya acostumbrado a la sensación suelo mantener la calma y la parálisis se acaba al ratito. No alcanzo a recordar si estaba aún dormido, en el jardín de la duermevela o qué diablos pero cuando empezaba a desentumecerme y sentir que podía moverme, en el otro extremo de la habitación y sin razón aparente se caen dos libros de la estantería. Se me pusieron de corbata. Uno de los libros era Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, hasta aquí estupendo… pero en cuanto tuve consciencia de que el otro era el Libro tibetano de los muertos, me vestí en un grito, cogí la bicicleta y salí de mi apartamento pedaleando como alma en pena. Eran las 4:36 de la madrugada.

Nunca monto en bicicleta porque soy más torpe que una cabra haciendo sudokus, pero tengo una porque es lo que se hace cuando te mudas a una ciudad bonita en la que llueve con mucha frecuencia. O quizás no, pero servidor lo ha hecho en París, Seattle, Liverpool, Bruselas (…) antes que en Edimburgo y es que en bicicleta la vida se ve mucho mejor y los pellejazos que uno sufre nunca están de más para regresar a la realidad.

Como tenía varias horas por delante antes de enfretarme al viernes laboral, hice tiempo en una gasolinera en la que me comí, al fin, mi primer porridge escocés, que es una papilla o gachas, a base de copos de avena y agua o leche hirviendo, creo. Me sentó muy bien. También, les conté, vía Whatsapp, a mi madre y a mis hermanas la agónica experiencia de mi última pesadilla y todas respondieron riéndose sanamente a mi costa. Mi madre incluso apostilló que: “a ver si eso va a ser un postergeis”. Después de una nueva lección de vida y humildad, puse dirección al trabajo, cruzando un bonito parque situado en una zona bastante pija de la ciudad.

Ya serían como las 6:19 de la mañana y me llamó la atención que en el parque no había absolutamente nadie salvo unos seis o siete chavalitos, que igual eran sólo 4, de unos once o trece años, que realmente tendrían en torno a 9, jugando al rugby. ¿Por qué lo cuento con ese vaivén de números? Por intentar describir algo más dignamente lo que ocurrió a continuación sin usar el manido: esto no me pasó a mí.

Últimamente, estoy muy a tope con el rugby. De hecho al día siguiente iba a ir a un partido del Seis Naciones (un Escocia-Italia) y como tenía tiempo, me quedé observándoles jugar un ratito. Ahora, no sé si eso les intimidó, qué baile de San Vito les entró ni que diablo les endemonió pero la respuesta que tuvieron a bien esos asalvajados mocosos enajenados fue la de salir corriendo detrás mía, tirarme piedras y gritarme cosas que fui incapaz de comprender. Quizá algún tipo de jerga de la generación post-millennial. Consiguieron derribarme de la bici, cosa para nada complicada y que yo hubiera hecho sin su ayuda, y armados con unas varas de un material que desconozco pero del que puedo asegurar que sus golpes provocan dolor, escozor, amargura e impotencia, la que me dieron fue bonica. Si no me azotaron en 56 ocasiones es porque perdí la cuenta al latigazo 27. Eran cuatro raterillos de 9 años contra un señor mayor de 34, 90 y pico kilos de peso, metro ochenta y seis de altura y que lo único que supo hacer para defenderse fue imitar al bicho-bola o cochinilla. Mientras me daban una somanta de palos que no olvidaré en mi puta vida, pensaba que nunca salen personas en programas del palo de Españoles por el mundo contando situaciones así.

Me robaron la bici, el teléfono (el segundo que pierdo este año), la dignidad y mi cartera de hijo de puta peligroso. Cuando me rehice, fui a la comisaría más cercana. Al describir a mis atracadores como cuatro individuos de unos nueve años, de color blanco y mofletes sonrosados, más bien regordetes y collejos, con pelo rubio bajo gorritos de Gryffindor o alguna otra historia de esas de Harry Potter, zapatillas con rueditas y lucecitas y que uno de ellos llevaba una sudadera de los nuevos Power Rangers, el señor policía se descojonó en mi cara.

Había oído que a los nenes ya se les ha pasado la fiebre con el Pokémon pero parece que a alguno le ha dado por los Funny Games de Haneke. Maldita sea, echaré mucho de menos mi cartera de Bad Mother Fucker. 

 

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