Poco antes de las vacaciones de Navidad de 2016.

Cada mañana cuando salgo de casa para coger el bus que me acerca al centro de Edimburgo, me encuentro con la misma gente. Sin fallo, sin cambio aparente, siempre me topo la misma gente. Cada día las mismas personas inmersas en su ritual de lo habitual. Cada mañana gris y lluviosa se me cruzan las mismas caras y sus comportamientos están tan automatizados que incluso podría predecirlos. No hay mañana que no piense que no cambia ni la música que voy escuchando.

Como vivo cerca de un instituto, lo que más me encuentro son grupos de chavales. No es un instituto corriente, sin haberlo pisado, resulta evidente que se trata de uno de cierto postín. Los muchachos van elegantemente uniformados con chaqueta roja y corbata y pantalón negros. Algo así como el que llevaba Will Smith en el Príncipe de Bel Air, pero sin la necesidad de darle la vuelta a la americana para ser la nota disonante.

Cada mañana me salen al paso las mismas hordas de mocosos malcriados, los mismos grupos de nenes arratonados  y casi asilvestrados, también chaveas que un par de luces se les divisa… y siempre un zagal completamente solo. Un chiquillo pequeñillo y enclenque, morenito, demasiado cabezón para su estatura, con un bigote exageradamente tupido para su edad y con una mirada vacía, distante y solitaria que parece haber vivido más años de los que tendrá… tan solo y especial que ni siquiera su uniforme es como el de los demás. Su chaqueta en lugar de roja es negra. Reconozco que la primera vez que reparé en su persona se me cruzó un pensamiento del palo: “Buah… con esa cabeza, en mi cole le hubieran llamado el Cabessa más fijo que el copón”. Inmediatamente me sentí culpable por ese pensamiento, me vi como un auténtico gilipollas, y uno será un gilipollas pero no es ese tipo de gilipollas. Vamos, no hay que ser muy despierto para percibir que ese chico, seguramente, sea víctima de mofas y del así llamado bullying en su instituto y puede que hasta en su casa. Incluso de no cumplirse este supuesto, es obvio que está completamente solo y eso lo puede ver hasta un servidor, aunque me dejara las gafas en Granada.

Pensé en decirle algo para alegrarle el día, alguna coña divertida para que sintiese que no está a la deriva en un mar de lágrimas y soledad, quizá una humilde reflexión luminosa que le animase, pero no acerté a decirle nada. No me atreví a abordarle por la calle. Bien es cierto que gracias a ese pensamiento aislado de cordialidad me sentí más humano y solidario y se me pasó, al menos por un rato, aquello de creerme un gilipollas.

Ni que decir tiene que desde aquella vez, no hay mañana que no lo vea. Siempre solo, siempre triste y siempre pienso en decirle algo para después nada. Finalmente, hace un par de días, lo vi tremendamente alicaído, lo percibí tan deprimido que ni mi enfermiza timidez me achantó y, tras apagar el mp3 y dejar de escuchar a Cat Power, me animé a soltarle un: what’s up buddy? You know… you are not alone mate” que me quedó muy Bowie. Muy Rock ‘n Roll Suicide

Venga, esta movida la voy a dejar con un rollo de esos de elige tu propia historia… ¿Qué creéis que pasó después?

A) Se puso a gritar : “this man wants to kill me” (este notas quiere matarme).

B) Sacó un silbato y se puso a silbar desesperadamente mientras me señalaba como un posible acosador.

C) Me dijo: “thanks creepy dude i wanna be your friend, please hold my hand and let’s run together forever and ever“. Vamos, que ambos ganamos un amigo.

D) En verdad tiene 48 años y es un enanito. No es estudiante y no va triste y solo porque le hacen bullying. De hecho es el profesor cabronías que tiene acojonados a todos los nenes o, como poco, eso deja entrever su mal pronto.

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