No me preguntéis porqué, pero tengo la misma sensación con el disco que nos ocupa que con aquel fantástico Too Much Love con que vino a darse a conocer Harlan T. Bobo. Tal vez sea por la eficiencia desplegada al usar únicamente los recursos justos y necesarios para alcanzar siempre altas cotas compositivas. Mark J. Mulcahy no hace concesiones a típicas tentaciones como el uso de la épica o el exceso de arreglos y florituras. Se muestra comedido, sabedor de, como él mismo reconoce, sus limitaciones a la guitarra, pero demostrando un oficio inusual amén de un talento demasiado tiempo enterrado.

Recapitulemos. La historia de Mark Mulcahy no está exenta de momentos jodidos, más bien todo lo contrario. En el plano profesional la evaporación de su popularidad a mediados de los 80’s al frente de Miracle Legion en beneficio de R.E.M. (Michael Stipe afirmaba amilanarse cada vez que oía la voz de Mulcahy) y el paradójico y relativo éxito de Polaris (banda ficticia que aparecía en la serie de culto estadounidense «Las aventuras de Pete & Pete«), son dos ejemplos de la poca dicha del cantante. En lo personal, basta con decir que en 2008, se vio obligado a dejar su carrera en barbecho al fallecer repentinamente su esposa Mellisa, víctima de cáncer, para hacerse cargo de sus dos mellizas de 3 años.

Por suerte, la vida está llena de sorpresas que compensan, aligeran y alivian los males que padecemos. Llámalo justicia divina, teoría del 5 o equilibrio cósmico. El caso es que al año siguiente de tan trágico suceso, las canciones de Mulcahy fueron objeto de tributo en «Ciao My Shining Star: The Songs of Mark Mulcahy«, Álbum destinado a ayudar económica y anímicamente al devastado cantautor de Conneticut. El cedé contaba con la participación de nada menos que Thom Yorke, The National, Michael Stipe, Dinosaur Jr., Frank Black, Vic Chesnutt, Mercury Rev o Josh Rouse, entre otros. La repercusión obtenida hizo al músico replanteárselo todo.

La cosa es que si un servidor nunca había oido hablar de este tipo y hoy esté aquí contando las bonanzas de Dear Mark J. Mulcahy, I Love You será porque la cosa merece trascender. Por lo que a mí respecta, sus 11 canciones forman una de las tacadas más disfrutables que me he echado a la cara en lo que va de verano. Su música va al grano y sus letras están armadas de grandes dosis de humor y sarcasmo. Parece ser que, tras verse frustrada la edición de una serie de canciones cuya grabación se prolongaba ya hasta lo exasperante, Mulcahy decidió aparcarlas y ponerse a otra cosa. Compuso canciones buscando una perspectiva más corta y una concepción más espontánea. Una huida adelante, supongo. Y tanto.

El disco comienza casi desacompasado con la nerviosa «I Taketh Away«, pero pronto queda constancia del potencial melódico al alternar brilllantemente ese nudo en la garganta con un estribillo ligeramente colorido por los coros del estribillo. «Everybody Hustles Leo» es una excursión a los bajos fondos donde quien pasa la manteca viste falda («…a quién le importa, siempre y cuando sea blanco y se pueda esnifar»). Arranca con tintes glam y se va dejando hacer, sumisa, por un látigo en forma de solista guitarra neoyorkina para luego soltarse en un pegajoso estribillo que invita al tarareo («Everybody Hustles Leo / Now he’s in love»). A mí que me aspen pero yo veo evidentes similitudes entre el dotadísimo instrumento vocal de Mulcahy y la voz de Eddie Vedder. Más adelante serán otros los que parezcan haber sido poseídos por las aviesas intenciones de Mark, así pareceremos oirlo mutando en forma de Morrisey, Lou Reed o Rufus Wainwright.

Alguien que podría ser el mismísimo Iggy Pop parece invitarnos a entrar en «Let the fireflies fly Away«. Tremendo coplón que pasa de ir en volandas de manos de la ansiedad nocturna a dar un giro totalmente inesperado en una luminosa y afeminada coda final que hace pensar en la Velvet más cínica y psicodelica, época Loaded.

«My Rose Colored Friend» es una de esas maravillas de rocanrol rítmico a lo Jo Jo Richmann que alojan un corazón pop en su interior. La minimalista «Bailing Out on everything Again» con predominio de un sencillo y repetitivo teclado, suena a derrota reincidente. Balada oscura, bella y triste como una británica mañana gris («pienso en ti a veces, pero no lo suficiente / estoy demasiado cansado para conciliar / me sorprende lo poco que me importa, pero es demasiado tarde para mí / porque me he enamorado de las cosas que odio«).

En el vals de 2 minutos «Badly Madly» encontramos el mejor estribillo y la razón definitiva para afirmar que estamos ante un excelente disco. Y todavía habrá más destellos de calidad: «Poison Candy Heart» es un perfecto ejemplo de pop certero que justifica por sí solo la existencia de esas terribles y necesarias femmes fatales de la vida. O «Rabbit», donde el protagonista lamenta impotente su incapacidad para descifrar las paradojas de tan adictivo amor («nothing up your sleeve / i’m a sucker for magic / where’s the rabbit? / where’s the rabbit?«). Sabemos donde está la chistera pero ¿y el conejo?

Finalmente, un momento para la congoja en «Where’s the Indifference Now?«. Cuento enfermo sobre el suicidio que supone un ejercicio de voyerismo y catarsis y sirve para poner punto y final a un disco redondo.

Queridos amigos, no olvidéis su nombre, pues tal vez estemos ante el año de Mark Mulcahy. ¡Si hasta los propios Wilco ya se lo han llevado de gira! Yo que vosotros me agenciaría una copia y, como un mantra, repetiría en voz alta aquello de: «Dear Mark J. Mulcahy, I Love You».

She Makes the World Turns Backwards (con la ayuda de la Young Heart Chorus )

Texto e ilustración por Barce.

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