Empieza en la garganta como un enorme ovillo mezcla de sorpresa y pena difícil de tragar. No salen las palabras, no puedes respirar… pero consigues que baje por el gaznate como si de cuchillas de afeitar oxidadas se tratase. En la boca del estómago lo que sientes ya es incredulidad, vértigo, amargura, dolor, tristeza y vacío. Es incomparable, no se puede digerir. Se te rompe el corazón, se te quiebra el alma. Bromeábamos con mitos y leyendas inmortales pero su pérdida no la esperábamos, no ahora, nunca. Le vimos eternamente joven, le creímos infinito. No lo conocimos en persona pero su presencia siempre estuvo ahí. Su esencia siempre nos alcanzó, nos cautivó. Compartimos alegrías y pesares. Bailes y lágrimas. Maldita sea, le amábamos… qué poco sabe la razón sobre el amor y cómo el amor, nos hizo sentir héroes, nos hizo sentir ridículos.

Amanecíamos huérfanos de David Bowie sólo dos días después de su 69 cumpleaños, apenas un par de días después del lanzamiento de Blackstar (★), su canto de cisne, su réquiem, su despedida. Él no podía dejarse ir como uno más. Él, que fue Ziggy Stardust, Halloween Jack, el delgado duque blanco o el puto rey de los Goblins, nunca fue uno más y la enfermedad y la consciencia de un inminente y fatal desenlace lo que hizo fue animarle a trenzar una última (¿?) jugada maestra.

Bowie se rodea de músicos de jazz y de uno de sus secuaces de máxima confianza, Tony Visconti, para armar un intrigante, hipnótico y profundo artefacto sónico. Un disco que sólo por ser obra de su autor ya iba a despertar un interés desbocado y provocar el vertido de ríos y ríos de tinta digital. No hacía falta que se fuera para escuchar/leer que se trata de su disco más arriesgado desde Low, o de su mejor obra desde Scary Monsters o incluso que es un experimento totalmente fallido… a saber, de todo habrá, de todo hay. No hacía falta que se fuera.

Blackstar es intenso, claustrofóbico, magnético, de una oscuridad palpable y sentida. Elegante y muy impactante. Líricamente posee un poderío estremecedor. Letras que se desgranarán y estudiarán a conciencia hasta en este mundo y tiempos de 140 caracteres y de instantánea inmediatez que nos ha tocado vivir.

Something happened on the day he died... Blackstar, evoca a su/nuestro querido Scott Walker. 10 minutos 10 de deliciosa y seductora desconexión sideral. Atmósferas opresivas, belleza y al final… libertad. La voz de Bowie tan mágica como siempre, trascendental como nunca. Siempre será un placer oír esta voz. La instrumentación precisa, perfecta, muy sugerente. Otro trabajo de producción exquisito de un impecable Visconti.

‘Tis a Pity She Was a Whore y Sue (Or in a Season of Crime) ya las conocíamos, Sue fue incluída en la recopilación Nothing has Changed y lanzada como single y Whore fue su cara B. Regrabadas para Blackstar, las flamantes versiones superan a las originales y casan la mar de bien con la personalidad de la obra. Sobrecoge especialmente la respiración del duque blanco antes de atacar Whore. Por su parte, Sue es agonía, una fantasmagórica persecución donde las percusiones son cosa de James Murphy (LCD Soundsystem)… I never dreamed..

Lazarus y su imponente vídeo duelen. Look up here, I’m in heaven, I’ve got scars that can’t be seen. Lazarus es arrebatadoramente hermosa y su dolor abre paso a cierta esperanza, un triste vacío hoy, quizás imposible de volver a llenar mañana pero al menos nos queda eso, un mañana. Una nueva vida, una nueva forma…  Oh, I’ll be free just like that bluebird. Si Blackstar es su testamento, su carta de despedida, Lazarus y su vídeo son una inmejorable postdata.

Quizás Girl Loves Me es el momento menos inspirado de Blackstar. Aunque es bien relindo sentir el juguetear de esa voz una vez más, una tenue luz que hace de antesala para los dos maravillosos temas que culminan esta estrella negra. Dollar Days y I Can’t Give Everything Away. La primera vuelve a poner la carne de gallina… It’s all gone wrong but on and on, the bitter nerve ends never end, I’m falling down… Don’t believe for just one second I’m forgetting you, I’m trying to, I’m dying to… La segunda es una balada mayúscula. Emparentada en espíritu y sonoridad con el mismísimo Low, ecos del Bowie berlinés, una última mirada en la que perderse antes de cerrar un viaje único y empezar otro eterno. Buen viaje David… Eres infinito y nosotros… nosotros te amaremos siempre.★

Med Vega (Tender is the Night)

David Bowie - Blackstar ★
5.0Nota Final
Truenos

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