El country es el blues de los blancos” (Etta James)

No falla. Siempre ocurre lo mismo. Cuando el rock se estanca, no sabe qué dirección escoger se oxigena volviendo a la sencillez instrumental, las hermosas melodías cargadas de pasión y hurga en los sentimientos más íntimos para escribir las letras de las canciones. Estas no son sino muestras de genuina autenticidad.

Olvidamos muy fácilmente que lo importante no es ser efectista sino efectivo, que la experimentación es hueca si no llega a cautivar, que la conjunción de estilos es a veces un inocuo ejercicio de falsa modernidad.

Y todo esto para decir que el rock no ha muerto como pretenden hacernos creer por ahí, aunque hay que reconocer que cada vez le queda menos espacio para sorprender. Lo que sí es cierto es que hay demasiados charlatanes en el asunto con más pose que talento, que hay que rastrear profundamente para encontrar buenos discos entre la marabunta de mediocridades que se publican, pero no es menos cierto que grandes discos donde habitan grandes canciones también los hay. Desde que escribo de música he intentado explicar que todo eso de lo que hablamos está enormemente necesitado de ellas (no hay grandes discos sin grandes canciones).

Being There de Wilco, Sound of Lies de Jayhawks y Straightaways de Son Volt son tres de ellos publicados el pasado año*. Debe ser porque además de contener preciosas canciones llegan como bocanadas de aire fresco en el viciado panorama pop del 97. Y lo hacen además pegando codazos, orgullosos de un género que denostado por muchos, no solo es génesis sino que tal como van las cosas también es futuro: el country.

Mucho cuidado, en cualquiera de sus etiquetas (que todas son válidas y ninguna despectiva): tradicional, country-rock, neotradicionalista o ¿alternativo?

Es paradógica o al menos curiosa la atención prestada desde un tiempo a esta parte a ensalzar las virtudes de un estilo que de una forma u otra ha estado siempre presente, y cuando ha sido desprestigiado sistemáticamente por ser reaccionario, misógino y estilísticamente impresentable. Digo yo que para un superviviente de la crítica debe ser más fácil comentar su última bronca con cualquier pelagatos moderno que de pararse a escuchar las historia que cuentan paletos sureños Yankees sobre sus problemas mujeriegos y sus baños de alcohol etílico. Y me hace gracia lo de alternativo, porque ¿cómo podríamos calificar el country de Hank Williams en 1950? ¿son Merle Haggard (Okie from Muskogee, The fighting side of me), Nelson (A classic and unreleased collection) o Cash unos impostores a la causa country cuando fueron tildados de outlaws? ¿Cómo se sentiría un granjero de Memphis o Minnesotta al escuchar por la radio por primera vez cualquier canción de Sweetheart of the Rodeo o a la International Submarine Band de Parsons?. Artistas que se opusieron a la oligarquíaa country de Nashville ha habido siempre, ¿entiendes? Siempre.

Hank Williams, «Honky Tonk Blues»

 

La tarea de reconocer la influencia del country en la música pop-rock es tan innecesaria como ardua, sobre todo en las bandas americanas donde se manifiesta de forma clara y rotunda. Desde las primeras grabaciones de Elvis para la Sun (Elvis in Nashville) pasando por los Stones circa Let it bleed / Exile on Main Street, desde Jimmie Rodgers hasta Giant Sand (Ramp, BBQ), de Johnny Cash (Live in San Quintin, American Recordings) a Springsteen, desde The Byrds hasta Tarnation o Lambchop (How I quit smoking).

De todas formas siempre en cualquier disciplina o estilo hay figuras capitales que lo regeneran y hacen avanzar, lógicamente granjeándose críticas por parte de los inmovilistas. Si nos atenemos a lo que representaron y la influencia que ejercitaron hay dos por encima del resto: Hank Williams y Gram Parsons. Todos o casi todos los countrysingers reconocen en ellos una devoción casi filial y es en sus postulados el espejo de casi todas las bandas jóvenes. Pero es la memoria de Gram Parsons la que más se recuerda, ya sea desde la I.S.B., The Byrds o su portentosa etapa con los Flying Burrito Bros donde con la ayuda de Hillman entre otros registra dos obras cumbres del country rock de todos los tiempos (Gilded Palace of Sin y Burrito de Lux) al margen de sus dos preciosos discos en solitario.

El ejemplo de que el country no es un fenómeno exclusivamente americano y que ha traspasado los límites geográficos los tenemos incluso en España. Duncan Dhu versionearon El Jardín de Rosas de Lynn Anderson, Los Secretos construyeron una carrera a base de ritmos vaqueros, se alcanzaron cotas importantes de música cowboy con la publicación de álbumes de La Guardia, sobre todo con el soberbio Vámonos. En 1970 incluso Smash se adherían a la causa con Nazarin Again publicado en su primer LP. En Australia, pasajes de Triffids y Beasts of Bourbon y Hoodoo Gurus, el caso evidente de Elvis Costello con el enorme Almost Blue, los suecos Wayward Souls (Songs of Rain and Trains), en fin.

La Guardia, «Vámonos»

Figuras renombradas coquetean alguna vez en su carrera: Chuck Berry (In Memphis), la segunda etapa de Jerry Lee Lewis (Country songs for city Folks), Dylan en Nashville Skyline y Pat Garret and Billy the Kid por nombrar solo los más evidentes, los Grateful Dead de American Beauty y Workingman’s Dead, Jonathan Richman (J.R. goes to country), los Licks campestres de George Thorogood, REM en Dead letters office, la marmota de J.J. Cale, los Creedence de Lodi y Bad Moon Rising.

Músicos de exquisita reputación se las hacen ver: John Fogerty (Blue Ridge Rangers), T.B. Burnett (T.B. Burnett), John Gorka (Out of the Valley), Rodney Crowell (Keys to Highway), Tony Joe White (Closer to the Truth) y Ricky Skaggs (Coming Home to stay).

Eso por no hablar de toda la caterva de bandas surgidas al amparo del nuevo rock americano y de su primo cercano al lado de la frontera, el Tex-mex. De los primeros podemos destacar: Lost and Found de Jason and the Scorchers, Hallowed Ground de Violent Femmes, No Free Lunch de Green on Red, Native Songs de Long Ryders, Glad and Graesy de Beat Farmers, y Town & Country de Rave Ups. De los segundos The Texas Mavericks (idem) y Doug Sam & the Sir Douglas Quintet (The Best 1969-1975).

The Long Ryders, «Ivory Tower»

Texto por Antonio Groovieland Jimeno. *Publicado originalmente en Serie B fanzine (abril de 1998)
Ilustración por Barce.

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