No siempre la belleza viene a uno. A veces hay que acercarse a ella, conseguir que te penetre, tumbando, si es preciso, ínfulas y prejuicios. Saber aprehenderla en ese momento mágico en que lo aparentemente simple o inocuo despliega una imagen poderosa, un sentimiento a la vez sutil y concreto que se aparece tan exacto como inabarcable para emocionarnos de la más plena de las maneras. Los versos inmortales de uno de los más bellos haikus escritos por el japonés Matsuo Bashō en el siglo XVII:

Un viejo estanque.
Se zambulle una rana:
ruido del agua“,

perfecto ejemplo para ilustrar mis palabras, pueden dejar frío a quien atiende a ellos de forma inadecuada, pero garantizan un placer estético infinito a aquél que se deje imbuir por ellos. La sencillez formal esconde un secreto que empieza a resonar en nuestro interior cuando dejamos que nos posea como un amante y relajamos nuestras resistencias.

Exactamente lo mismo sucede con la música de Bo Diddley, pues su arte minimalista revierte complejo gracias a un mecanismo que necesita tanto del oyente como del autor. Es por ello que puede ser sólo rock and roll, que dirían los Stones, pero también vanguardia creativa de la que difícilmente el propio Diddley fuera consciente hasta sus últimas consecuencias. Con un solo acorde llega a una abstracción a veces tan radical como la que Kandinski teorizara y pusiera en práctica, pero siendo parte del show business, que es donde reside otra de las claves del asunto. Sí que tenía muy claro Diddley, de todos modos, que él iba a sonar como nadie lo había hecho, inspirando a todos los guitarristas que vendrán después y poniendo los pilares de cualquier tipo de rock, bien se llame éste Dylan, Animals, Hendrix o Velvet Underground.

Have Guitar, Will Travel, su tercer elepé de 1959, da fe de que Diddley se mantiene en un momento creativo álgido, tras los dos primeros y míticos Bo Diddley y Go Bo Diddley, aunque no haya tenido nunca un reconocimiento similar al de estos dos tótems de la música popular. Sigue aquí el también conocido como Ellas McDaniel confiando en el menos es más para las melodías, la repetición escenificada por el arrebato rítmico y la nutrida presencia de instrumentistas, lo que hace que escuchemos tres guitarras (las de Jody Williams, Peggy Jones y el propio Diddley), un contrabajo (el del gran Willie Dixon), un piano (Lafayette Leake), unas maracas (Jerome Green) y las baterías de Frank Kirkland y Clifton James, a los que hay que añadir la armónica de Billy Boy Arnold en “Spanish Guitar“*. Si bien el álbum cierra su singladura acercándose sin complejos —los pioneros del rock and roll eran mucho más abiertos de miras y heterodoxos de lo que se piensa— al mambo y al chachachá en “Come On Baby“, la distorsión y el número de las guitarras y la desmesura vocal de Bo Diddley hacen de Have Guitar, Will Travel el más duro, incluso agresivo, de sus trabajos. ¿No son aullidos, pues, los que lanzan McDaniel y sus compañeros en la festiva “She’s Alright“? ¿No prefiguran “Run Diddley Daddy” y el instrumental “Mumblin’ Guitar” la percusión machacona de Moe Tucker y los riffs incendiarios de Lou Reed y Sterling Morrison?  ¿No llama a “Mona (I Need You Baby)” haciendo tremolar las seis cuerdas con poderío sin igual? ¿No contienen ya el garage de los SonicsI Love You So” y “Dancing Girl“? Asimismo, por supuesto, tenemos al Diddley más arquetípico (y blues) en “Cops And Robbers” o al que lleva dentro el África tribal e inescrutable en “Nursery Rhyme“, pero la línea del álbum ha quedado marcada.

No me olvido de la descacharrante portada —una de las más cachondas que recuerde—, en la que Bo Diddley parodia (u homenajea, que todo puede ser) Have Gun – Will Travel, exitosa serie de televisión en los Estados Unidos de la época. En ella, Diddley sujeta un tarjetón con el título del elepé sentado en una curiosa motocicleta que lleva su nombre serigrafiado, mientras que del hombro cuelga su inconfundible guitarra rectangular. Extraño y diferente, que no distante, así se nos muestra nuestro hombre. No menos lo es su música, ésa con la que consiguió articular una doctrina plástica de idiosincrasia intransferible a pesar de no tener afán minoritario y del enorme influjo generado. No se dejen engañar por primeras y toscas impresiones y abran puertas y ventanas para que Bo Diddley llene su espíritu. Como decía —conclusión inmejorable— otro haiku de Bashō:

A la intemperie,
se va infiltrando el viento
hasta mi alma“.

Que se infiltre.

*Hay fuentes que citan a Lester Davenport como armonicista en este tema, pero hasta donde yo pueda llegar el nombre correcto es el que aporto.

Dancing Girl

Texto por Gonzalo Aróstegui Lasarte
Ilustración por Barce

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