Pocas bandas hay ahí fuera hoy en día que capturen la esencia de una época y unos sonidos con la fidelidad y la clase con la que lo hacen The Black Angels. Capaces de beber de tantas y tan buenas fuentes, exponerlo llenos de orgullo, sin el más mínimo pudor y aún así, ser capaces de forjarse una personalidad propia única, bien fuerte e interesante. Indigo Meadow es ya su cuarto largo y supone una nueva y fantástica evidencia de que la mejor Psicodelia Rock está vivita y coleando en Austin, Texas.

El ahora cuarteto tejano sigue aumentando esa personalísima maraña expansiva y multicolor que es su cancionero, parajes que sin duda merece la pena transitar una y otra vez, dejándose atrapar por los hipnóticos mantras apocalípticos y los cavernosos fraseos de Alex Maas, las explosivas, angulosas y adictivas guitarras de Christian Bland (búsquenlo también en los muy recomendables Christian Bland & the Revelators), los primitivos ritmos recubiertos de cemento de la dulce Stephanie Bailey y por los alucinados teclados de Kyle Hunt. Todo ello envuelto por las ricas y cautivadoras atmósferas de ayer y hoy que enhebran estos chicos. Canciones que son viajes sin retorno pero con un destino claro y en cuyo trayecto fácilmente se sentirán los espíritus de Roky Erickson y sus 13th Floor Elevators, Velvet Underground, Stooges, Doors, Pink Floyd, Joy Division, The Jesus & Mary Chain, Pixies, Spacemen 3 o los también responsables del renacimiento en pleno siglo 21 del género más disperso, ácido y ensoñador, los Brian Jonestown Massacre.

El tema que bautiza el disco sirve para dar el pistoletazo de salida a un nuevo y trepidante viaje que marcará el tono general de una obra de colorida y profunda espiral caleidoscópica. Ritmos ineludibles, narcóticas repeticiones que picarán y envenenarán al oyente hasta dejarlo totalmente estupefacto. «Evil Things» parece surgir de ese oscuro rincón donde se fraguan los incendiarios y monolíticos riffs 100% de la casa Black Sabbath, pronto el infierno se les antoja pequeño y la canción se esparce hacia más lejanas nebulosas para volver a la tierra con la infecciosa, juguetona y de frescos aires pop sesentas «Don’t Play with Guns«. Lógica y certera crítica a la problemática de las armas en los Estados Unidos que parecen tratar por momentos con perversa ironía.

Habrán dejado entrar mucho más luz de esa soleada California a la que tanto homenajean pero siguen siendo ángeles negros. Volverán a sacar la vena crítica en «War On Holiday» o «Broken Soldier» donde le dan un repaso nada velado a los estragos de la guerra en la psique de los soldados. Todo muy ’68, claro que sí. Amor, guerra, enfermedad, locura, muerte, drogas… las grandes cuestiones nunca han entendido de épocas o modas. Calman el tempo en «Holland» sin dejar por ello de sonar peligrosos y desafiantes, un hammond sirve de perfecto acompañamiento para descubrir una nueva arista de la banda tejana. «The Day» rezuma ecos tan Doors que casi puede sentirse la chamánica presencia de Morrison danzando en el estudio y mirando a los burbujeantes ojos de Alex Maas mientras canta.

«Love Me Forever» es otro medio tiempo cargado de reverb, con aires garageros 60’s, arrebatos medio grunges, aullidos en la distancia, coros irresistibles… vaya, otro tema que como te impregnes de él no te dejará marchar. «Always Maybe» serpentea como si la cosa no fuera contigo pero acaba atacándote sin piedad. «I Hear Colors (Chromaesthesia)» es lisérgica desde el mismo título. Se dice, se comenta que… el LSD entre los efectos que puede provocar se encuentra el de la capacidad pasajera de ver sonidos y escuchas colores. La canción igual no llega a tanto, aunque fácilmente sea la más narcótica del conjunto que compone Indigo Meadow. Eso sí, sus  consecuencias estupefacientes no tienen más contraindicaciones que el de una (mal)sana adicción a su música.

Enfilando la terna final nos saldrán al paso: «Twisted Light«, una nueva celebración de la cautivadora repetición para cazar y la oscuridad para sorprender. «You’re Mine» que parece trenzada a pachas entre Suicide y unos muy luminosos e improbables Doors dirigidos por Roky Erickson. Riffs alegres y rayos de luz que compensan la negritud nocturna y desangelada de «Black Isn’t Black». Vertiginoso cierre con, ahora, un toque bluesy bien lóbrego que apuntilla un disco brutal. Quizás el mejor trabajo de nuestros queridísimos Black Angels desde su incomparable Passover.

Que sí, que el rock estará muerto, que ya nada es como antes, que lo que queráis… pero igual que hay quién puede oir colores y ver sonidos, vivir sueños y luchar realidades, que cada uno perciba el mundo como buenamente pueda que mientras existan canciones capaces de conectarte con sentimientos todo esto seguirá mereciendo la pena.

Don’t Play with Guns

De obligada mención que en esta edición del Austin Psych Fest, el festival que ellos mismos montan y que este año tendrá lugar del 26 al 28 de abril, compartirán escenario con gente como: Roky Erickson, The Moving Sidewalks (con Billy Gibbons de ZZ Top), Tinariwen, Deerhunter, Black Mountain, Black Rebel Motorcycle Club, Raveonettes, Boris, Os Mutantes, Warpaint, Man or Astroman?, Acid Mothers Temple, Clinic o The Growlers entre muchos otros. Exquisito el gusto que gastan ¿verdad? Si es que hay que amarlos…

Med Vega.

Illness, insanity, and death are the black angels that kept watch over my cradle and accompanied me all my life.

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