Si las cosas fueran como tienen que ser los Amigos Imaginarios se deberían estar comiendo el bacalao sin problemas a estas alturas por derecho propio y no tendrían problemas en llenar salas de cualquier ciudad. Desde que Santi Campos editara su disco Amigos Imaginarios (2005, Rock Indiana) hasta hoy se ha consolidado alrededor de sus canciones una de las carreras más coherentes y sinceras del pop-rock escrito en castellano. Por desgracia, tal y como son las cosas hoy por hoy en este país a la deriva, las canciones redondas con alma y escritas con el corazón no son las que parten la pana.

Disco a disco, los Amigos Imaginarios han ido acumulando material fino fino casi sin que nos diéramos cuenta. Uno se detiene por un momento a recapitular y el listado de un hipotético greatest hits es de aúpa: «Permenecer», «Superman», «Una historia de tres», «Disco del mes», «Una Educación Católica», «Cleopatra, Reina de África», «El Hombre Menguante», «Cabos Sueltos», por citar solo los primeros que me vienen a boleo. La capacidad de Santi Campos para combinar baladas intimistas y descargas de rock electrizante con tal facilidad no puede ser fruto de otra cosa que talento. Aún así, un servidor cree que lo verdaderamente meritorio en Amigos Imaginarios es, por un lado, la capacidad de conjugar en todas esas canciones una envidiable habilidad para los estribillos, y por otro una solidez como banda a prueba de bombas. De hecho, no es difícil percibir cómo, paulatinamente, con el paso de los años, esa complicidad existente entre los 5 componentes y esa seguridad para acometer un repertorio tan rico y variado haya derivado en un sonido cada vez más de banda y menos de Santi y Cía. La mejor prueba de ello la encontramos en Museo de Reproducciones su 4º álbum como banda.

«El Hombre Cometa» (titulado igual que el libro de poemas que Santi acaba de editar) abre el disco justo después de «Ilumíname #1» (breve micro-canción donde todos cantan juntos alrededor de una guitarra acústica) con una pieza de folk luminoso de repetitivo mantra coral («…Vuela y déjame volar…») que no para de crecer y ganar intensidad. De similares coordenadas sonoras es el 3×4 de la optimista «Manual de Autoayuda» que con el sutil toque final de órgano mellotron se basta para salir airosa y que a mí me ha recordado a aquellos exquisitos arreglistas que eran The Delgados.

Contar con el ubicuo Charlie Bautista sentado al teclado es otra de las señas de identidad del sonido de la banda y el hecho de que aquí encontremos momentos de fantabuloso sonido setentero se lo debemos en gran medida a sus manos y a su cabeza. La mejor muestra es el riff de la acojonante «Combustión Espontánea«. Un pepinazo de canción de estribillo brutal que pasa por ser de lo mejorcito que han escrito estos tipos sin lugar a dudas. Una canción como una casa. Otro ejemplo de ese sonido es «Casi», un coplón de esquizofrénica letra que no desentonaría para nada en el injustamente infravalorado Sky Blue Sky de Wilco.

Preciosa es también la reposada y confortable «Entre la tormenta y el aguacero». Bonita canción dedicada a ese momento en que alguien aparece de la nada para salvarnos de la quema, y que parece contener un guiño a «The Weight» de The Band (versionada con arte por ellos mismos en directo en alguna ocasión).

«Dulce Cabeza Triangular», con otro de esos arrebatadores estribillos, suena tremenda y, lo dice el propio Santi, tiene en ese fantástico fraseo y esas guitarras entrecortadas finales un aire a los mejores Dr. Dog para nada disimulado. O «Limpio y Nuevo«, donde uno casi puede percibir las válvulas incandescentes, y apreciar cómo se desarrolla un inspirado ejemplo de maneras Crazyhorsianas.

Por supuesto encontramos como siempre momentos más desnudos. «Ilumíname #2«, que abre la cara b del disco y suena a pequeño estándar de jazz o la triste balada final que es «Dos Hermanos«, perfecto cierre que, mejorando lo presente, imagino cantado por Miren Iza de Tulsa y me pongo a babear.

Después de escuchar el último disco del quinteto, dado el talento puesto sobre la mesa, queda la sensación de que estas canciones han surgido con naturalidad y fluidez, casi sin esfuerzo. Si a eso le añadimos la cuestión de que la edición en LP ha sido financiada con la pasta de los fans vía crowdfunding con una respuesta apabullante no es aventurado presumir que los Amigos Imaginarios tal vez estén atravesando su momento más dulce.

 Entre La Tormenta y el Aguacero

Texto e ilustración por Barce.

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